El piloto hoy VI (final)

La dilema sindical • Por Luis Alberto Franco

Imagen generada por IA.

La automatización no llegó a la aviación contra los pilotos. Llegó con ellos a bordo.

Los pilotos utilizan desde hace décadas sistemas que navegan, administran potencia, calculan perfiles, vigilan tránsito, alertan sobre terreno, ordenan información y reducen una parte importante de la carga de trabajo que antes recaía sobre la tripulación. Nadie seriamente propone volver a una cabina que tenga solo el compás y el palito y bolita (turn and bank); pero cuanto más avanza esa tecnología, más visible se vuelve cierta resistencia particular respecto del futuro de la tecnología y la profesión de aviador.

Los sindicatos de pilotos aceptan la automatización como ayuda, pero rechazan que las innovaciones tecnológicas sean la excusa para reducir tripulaciones, bajar requisitos de acceso a la profesión o modificar reglas que sostienen carreras, salarios y condiciones laborales. Allí aparece una paradoja.

Como se ha dicho, la tecnología alivia permanentemente parte de la labor del piloto. Sin embargo, las organizaciones que representan a los pilotos procuran conservar un mercado profesional con barreras altas de ingreso, una cantidad determinada de tripulantes por vuelo y reglas de retiro que mantienen abierta la progresión de las generaciones siguientes. Como suele suceder, las posiciones extremas le quitan valor a argumentos que en su justa medida serían válidos y dignos de atención.

En Estados Unidos, por ejemplo, el acceso a una licencia de transporte de línea aérea, ATP por sus siglas en inglés de Airline Transport Pilot, exige en principio 1.500 horas de vuelo. Existen vías de ATP con privilegios restringidos para determinados graduados de carreras aeronáuticas o pilotos militares, pero esos pilotos pueden actuar inicialmente como copilotos hasta completar el requisito general.

El debate sobre esas 1.500 horas suele presentarse como una discusión puramente técnica: cuánta experiencia necesita un piloto antes de pasar a una aerolínea. Pero también tiene una dimensión profesional evidente. Un requisito alto encarece y demora el acceso a la cabina comercial, limita la oferta de pilotos disponibles y protege el valor económico de quienes ya consiguieron entrar al sistema. No necesariamente es una mala política. La experiencia importa. El problema es que “más horas” no equivale siempre y automáticamente a “mejor preparación”. Una hora de instrucción, una hora de vuelo nocturno, una temporada de trabajo agrícola o una larga acumulación de tiempo de crucero no producen exactamente el mismo aprendizaje. La discusión no debería ser entre 1.500 horas o ninguna exigencia, sino sobre qué experiencia hace realmente más competente a un piloto para operar transporte aéreo.

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Algo parecido ocurre con la edad de retiro. La normativa estadounidense impide que las aerolíneas certificadas bajo Part 121 empleen pilotos después de los 65 años. La limitación no rige para todas las operaciones ni implica que un piloto deba dejar de volar por completo, pero sí determina el final de la carrera en la aviación comercial regular.

Los defensores de mantener esa edad suelen invocar razones médicas, de fatiga y de compatibilidad con reglas internacionales. También hay un efecto laboral imposible de ignorar. Una edad de retiro fija permite prever vacantes, ascensos y recambios. Si los comandantes permanecen más tiempo, el primer oficial demora su ascenso; si se demora el ascenso, se altera toda la estructura de antigüedad y remuneraciones que organiza la carrera en una aerolínea.

No se trata de acusar a los sindicatos de defender intereses ilegítimos. Todo sindicato existe, entre otras cosas, para defender intereses laborales. El punto es reconocer que esos intereses no desaparecen cuando se expresan en lenguaje de seguridad. Además, la tecnología sí debe ser tenida en cuenta, porque la relación horas-idoneidad-carga de trabajo no puede estar anclada al cockpit de hace 25, 30 o 40 años.

¿Cuántos pilotos son necesarios?

La discusión sobre la cantidad de pilotos en cabina muestra esa mezcla con mayor claridad. La presencia de dos pilotos no es una simple duplicación de trabajo. Se sabe que la autoridad final en una aeronave corresponde al comandante, pero esa autoridad se ejerce dentro de una dinámica de monitoreo, contraste y cooperación profesional. El primer oficial no comparte la responsabilidad última del comandante, pero sí puede advertir una discrepancia, detectar una amenaza, hacerse cargo de una tarea mientras el comandante atiende otra o señalar que una interpretación no parece consistente con lo que está ocurriendo.

La aviación moderna aprendió –muchas veces de manera dolorosa– que los errores no suelen surgir de una sola falla aislada. Aparecen cuando una interpretación equivocada no es cuestionada a tiempo, cuando una señal se entiende mal, una decisión se toma bajo presión o cuando la carga de trabajo impide ver el cuadro completo. Por eso el valor del segundo piloto no está solamente en que pueda tomar los mandos si el comandante queda incapacitado. Está también en que aporta una segunda mirada presente, entrenada y situada dentro de la misma cabina.

Los sindicatos tienen razones sólidas para defender esa estructura. ALPA sostiene que la automatización actual fue concebida para asistir a dos pilotos y no para reemplazar la supervisión recíproca, la coordinación y la toma de decisiones compartida. IFALPA afirma que las operaciones con tripulación reducida eliminan capas de monitoreo y redundancia humana cuya sustitución todavía no ha sido demostrada. Sin embargo, esa defensa de la seguridad coincide también con un interés laboral directo. Dos pilotos por vuelo significan más puestos, más horas de vuelo, más progresión dentro de los escalafones y mayor poder de negociación para una profesión que conserva una posición central dentro de la operación aérea.

La tensión en las compañías

Las aerolíneas y los fabricantes tampoco discuten desde la neutralidad. Para una aerolínea, reducir las barreras de entrada a la profesión y prolongar la vida útil de un aviador podría bajar costos y aliviar la escasez de pilotos. En varios países se han abierto vías de acceso con menos horas que las exigidas en Estados Unidos, sin que eso haya derivado, hasta ahora, en una evidencia concluyente de un deterioro en la seguridad.

Para un fabricante, bajar los requisitos y hasta el número de pilotos podría significar la expansión de un mercado de automatización avanzada, conectividad, sistemas de apoyo y nuevas arquitecturas de cabina.

Para los reguladores, representa el desafío de decidir si una mejora tecnológica alcanza para modificar una barrera de seguridad que fue construida durante décadas.

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Ahora bien, ninguna de esas motivaciones invalida por sí misma el debate. La cuestión es evitar dos simplificaciones cómodas. Una consiste en presentar a los sindicatos como enemigos irracionales de todo cambio, porque no sería el caso. La aviación ya aceptó, con el acompañamiento de los pilotos, tecnologías que transformaron profundamente la profesión.

La otra consiste en suponer que toda resistencia sindical equivale a una defensa pura y desinteresada de la seguridad. Tampoco es así. Seguridad, condiciones laborales, salarios, antigüedad, escasez profesional y poder de negociación aparecen mezclados.

La dificultad está en distinguir cuándo una barrera profesional protege realmente una operación compleja y cuándo solo prolonga una estructura que la tecnología ya volvió innecesaria.

Hasta ahora, la automatización valiosa fue aquella que ayudó a una tripulación a trabajar mejor. El próximo conflicto podría aparecer cuando se pretenda demostrar que puede reemplazar una parte de esa tripulación. Allí los sindicatos harán lo que siempre hicieron: resistir, negociar, advertir riesgos y defender su lugar.

La aviación tendrá que decidir cuánto de esa resistencia es una defensa razonable de la seguridad y cuánto es una forma de administrar la escasez de quienes todavía ocupan la cabina. Y algo más: si se utilizan artificios para sostener salarios y condiciones laborales para los aviadores al margen de las señales del mercado, la presión sobre la industria podría acelerar cambios que, en un futuro no tan remoto, se impondrán.

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