Milei bajo la lupa de Maquiavelo

Momento político • Por Luis Alberto Franco

Durante años, buena parte del periodismo argentino interpretó las tensiones internas de los gobiernos como síntomas automáticos de debilidad, desorden o pérdida de control. Bajo esa lógica, cualquier disputa entre ministros, asesores, operadores o áreas de poder se resume rápidamente bajo una palabra cómoda y simplificadora: internismo. Sin embargo, la política real rara vez funciona de manera tan lineal. Y quizás allí convenga volver, aunque sea por un momento, a Nicolás Maquiavelo.

Porque el autor de “El Príncipe”, “Discursos sobre Tito Livio”, Historias florentinas y otras obras, comprendió que el poder nunca es homogéneo, y que dentro de un mismo gobierno conviven intereses, ambiciones, estrategias, visiones y luchas de influencia que no desaparecen por el simple hecho de compartir un liderazgo común. Más aún: en ciertos casos, esas tensiones pueden formar parte del propio equilibrio del sistema.

La idea resulta especialmente interesante para observar el fenómeno Milei. Desde afuera, muchas veces parece existir una puja constante entre distintos núcleos de poder que orbitan alrededor del Presidente. Allí conviven sectores ideológicos y doctrinarios; operadores políticos tradicionales; técnicos; políticos pragmáticos; armadores; sectores con lógica económica pura y otros más vinculados a construcción territorial o la supervivencia parlamentaria. Este escenario muchas veces se lee con cierta simpleza como tensiones que conducen al caos, cuando podría haber otra interpretación posible.

No es una novedad que, a diferencia de otros presidentes argentinos, Javier Milei llega al poder prácticamente sin estructura territorial, sin gobernadores propios, sin aparato legislativo consolidado, sin sindicatos aliados, sin suficientes cuadros técnicos y sin una burocracia alineada. En términos clásicos de construcción política, accede inesperadamente a la Presidencia antes de haber construido plenamente el poder necesario para administrarla; sin embargo, dos años después, no solo logró sobrevivir luego de implementar cambios profundos, sino alterar significativamente el equilibrio político argentino.

La comparación con Néstor Kirchner puede resultar útil para analizar el contraste con la forma de construir poder para gobernar. Kirchner también asumió inicialmente con debilidad política relativa y baja legitimidad electoral propia (22,4 % de los votos válidos). Sin embargo, Kirchner disponía de un instrumento de poder decisivo: El peronismo. La historia argentina ha demostrado una y otra vez la extraordinaria capacidad de ese movimiento para alinearse detrás de quien controla el Estado, los recursos y la distribución territorial. Milei, en cambio, llegó al gobierno sin una estructura similar de respaldo.

La fragilidad inicial de la administración Milei obliga a analizar el fenómeno con cuidado. Porque gran parte del Estado está, inevitablemente, en manos de funcionarios heredados, aliados circunstanciales, oportunistas o sectores que no necesariamente comparten el núcleo ideológico del Presidente y colaboradores cercanos con vínculos de acción política poco profundos. Es con ese marco que las tensiones internas dejan de ser simplemente una anomalía para transformarse casi en una condición estructural del gobierno. No obstante, el gobierno tiene un rumbo preciso y una decisión política inconmovible respecto de algunos ejes fundamentales e innegociables de acción: control del gasto público, apertura económica, desregulación, estabilidad monetaria y posicionamiento internacional claro.

Tal vez por eso el gobierno funciona muchas veces como un sistema de equilibrios inestables entre fuerzas que cooperan y compiten simultáneamente. No necesariamente porque exista desorden permanente, sino porque el propio Presidente podría necesitar que cualquiera de esos sectores acumule suficiente poder como para condicionarlo completamente. Desde una lógica maquiaveliana, el conflicto interno administrado puede transformarse, al menos durante cierto tiempo, en una herramienta de supervivencia.

Maquiavelo no veía necesariamente el conflicto como un problema. En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, observaba incluso que ciertas tensiones internas podían generar vitalidad institucional. Roma, precisamente, había construido parte de su fortaleza sobre el equilibrio conflictivo entre el Senado, la plebe, los tribunos, los generales y la aristocracia. Quizá es allí donde aparece una de las intuiciones más profundas del pensamiento maquiaveliano: Los actores dentro del poder suelen temerse más entre sí que a los enemigos externos; porque el rival interno disputa influencia, acceso, legitimidad, recursos y cercanía con el príncipe. Mientras que el adversario externo muchas veces une; el interno fragmenta en función de un constante arbitraje de quien efectivamente ejerce el poder.

Por eso, quizás la pregunta relevante no sea si existe “internismo”, sino otra mucho más compleja: ¿El Presidente Javier Milei administra deliberadamente un sistema de contrapesos internos para evitar capturas de poder o, por el contrario, las fuerzas en pugna están empezando a escapar de toda lógica de equilibrio para convertirse en luchas puramente destructivas?

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