El debate sobre el empresariado argentino

Más allá de lo aeronáutico, pero también aeronáutico • Por Luis Alberto Franco

Imagen: ChatGPT.

La Argentina tiene un déficit de verdaderos empresarios. Los hay, pero no abundan. En estos últimos años han surgido emprendedores maravillosos. Desde hace un puñado de años, el país se ha destacado en América Latina por su alta densidad de talento tecnológico, aunque el financiamiento de capital de riesgo (venture capital) estuvo sujeto a fuertes fluctuaciones macroeconómicas locales. Justamente, durante las últimas décadas el país estuvo lejos de crear las condiciones para que ese talento genuinamente empresarial se dedicara principalmente a descubrir oportunidades, innovar y competir, a la vez que se premiaba una habilidad diferente: la de encontrar una protección, conseguir una excepción, preservar una regulación o acercarse al funcionario adecuado. La diferencia no es menor.

Aerowise300Israel Kirzner, uno de los economistas más destacados de la Escuela Austríaca, colocó en el centro de su teoría empresarial un concepto difícil de traducir con toda su riqueza: alertness. La traducción es ¡estar alerta! Kirzner define al empresario como aquel que descubre algo que los demás todavía no han advertido, como una necesidad que nadie satisface, un recurso desaprovechado o una diferencia entre lo que algo cuesta y lo que podría valer. Es quien ve una oportunidad y actúa.

Para el destacado economista de la Escuela Austríaca, esa actividad tiene además una función dentro del mercado. Al perseguir su beneficio, el empresario descubre errores, aproxima oferta y demanda y utiliza información que se encontraba dispersa entre millones de personas que interactúan. Y son los precios, las ganancias y las pérdidas los que le van indicando al empresario si acertó. Por eso alterar las señales del sistema de precios con intervenciones en el mercado es tan nocivo para la función empresarial y, en consecuencia, para la prosperidad social.

Joseph Schumpeter observó al empresario desde otro lugar. Para él, su característica distintiva estaba en la innovación. El empresario introduce una nueva combinación, un producto, una tecnología, una forma de producir o incluso un mercado que antes no existía, y es en esa acción que modifica el orden anterior. Es la famosa destrucción creativa: lo nuevo desplaza a lo viejo y obliga al conjunto a transformarse.

Kirzner centra su tesis en el descubrimiento. Schumpeter, en la irrupción novedosa o disruptiva. No necesariamente están describiendo individuos diferentes o explicando procesos contradictorios. Un mismo empresario puede descubrir una oportunidad y, al intentar aprovecharla, alterar el mercado que encontró. Ambos, sin embargo, necesitan algo fundamental, que es acertar acerca de aquello que otras personas quieren o, mejor dicho, necesitan, incluso aunque hasta ese momento no lo supieran. En ese proceso, la ganancia es imprescindible para medir el éxito o fracaso empresarial.

Tal vez –y sin tal vez– el problema argentino fue que durante demasiado tiempo se fomentó una economía en la cual era posible obtener ganancias sin descubrir qué necesitaba el consumidor, sino qué necesitaba el funcionario. Eso fue ahogando el talento empresarial y orientándolo en una dirección perversa que solo incrementó la pobreza y la desesperanza.

Durante décadas, una regulación podía valer más que una innovación. Una barrera de entrada, más que una reducción de costos. Un arancel, más que un nuevo producto. Una autorización administrativa podía resultar decisiva para preservar un mercado y una relación política podía ofrecer una ventaja que ningún ingeniero estaba en condiciones de conseguir desde una fábrica. Desde ya que para eso hacía falta estar alerta, pero era una perspicacia orientada a otra cosa y ciertamente no producía el mismo resultado social.

El problema de incentivos en la Argentina fue que durante demasiado tiempo el pseudoempresario rentista encontró más provechoso modificar normas para evitar la competencia que someterse a reglas de juego estables, conocidas de antemano por todos.

La literatura económica encontró hace tiempo un nombre para ese comportamiento: rent seeking. Un término que no define la ganancia de dinero en los términos de Kirzner y Schumpeter, sino el empleo de recursos para obtener o conservar una ventaja creada políticamente, sin generar nuevo valor.

La Argentina fue durante mucho tiempo un ambiente extraordinariamente favorable para desarrollar esa especialidad. Por eso quizá resulte insuficiente decir que al país le faltaron empresarios. Tal vez lo que ocurrió sea más inquietante: el sistema seleccionó durante demasiado tiempo qué tipo de comportamiento tenía mayores posibilidades de prosperar, y está claro que las personas suelen responder a los incentivos que se les presentan. Si resulta más rentable convencer a diez funcionarios que convencer a cien mil consumidores, no debería sorprender que aparezcan excelentes especialistas en funcionarios.

El contraste resulta particularmente interesante frente a otra Argentina que fue creciendo casi silenciosamente. La de los desarrolladores de software, biotecnólogos, ingenieros, diseñadores, profesionales independientes, empresas tecnológicas y centenares de startups que nacieron mirando desde el comienzo un mercado que no termina en la frontera. Con solo mirar los datos se dimensiona esa realidad. La economía del conocimiento exportó durante 2025 unos US$9.600 millones, un 8,1% más que el año anterior. Representó alrededor del 53% de las exportaciones argentinas de servicios y superó los 285.000 empleos formales. Ya constituye el tercer complejo exportador del país. ¡Son cifras espectaculares porque alumbran un futuro promisorio y un capital humano formidable! Para muchos quizá no haga falta idealizar a esos nuevos empresarios porque la búsqueda de ganancias ha sido estigmatizada como un pecado capital. Precisamente por pensar así, la Argentina ha persistido con un ahínco digno de mejor causa en un fracaso doloroso que está bien a la vista.

Pero si nos detenemos en estos emprendedores exitosos, observaremos que muchos de ellos crecieron bajo una disciplina diferente. El competidor de una empresa de software argentina puede estar en India, Estados Unidos, Uruguay o Polonia. Ninguna resolución de una secretaría local puede impedirle competir, y el cliente tampoco está obligado a comprarle. Ese empresario tiene que mirar necesariamente hacia afuera porque debe descubrir y casi sin remedio innovar, ya que todo verdadero empresario tiene la espada de Damocles de la quiebra o el reemplazo sobre su cabeza. ¡Así es el capitalismo!

Kirzner y Schumpeter vuelven a aparecer

Eso ayuda también a comprender algunas de las tensiones que provoca el intento de la administración Milei de modificar una matriz económica apoyada durante décadas en regulaciones, restricciones, mercados protegidos y una presencia estatal determinante en numerosas actividades. Esto no significa que toda medida de apertura sea correcta ni que quien cuestione una desregulación se transforme automáticamente en un pseudoempresario rentista. Una política puede estar mal diseñada, aplicarse en un momento inconveniente o producir costos perfectamente atendibles, pero sería ingenuo suponer que todas las resistencias responden a esas razones. Cuando se elimina una protección, también se elimina el valor económico de haber conseguido esa protección; y cuando entra un competidor, alguien que durante años llamó «derecho adquirido» a determinada ventaja puede descubrir que aquello que poseía era simplemente renta basada en un artificio. Aquí Schumpeter se vuelve particularmente incómodo.

La destrucción creativa supone justamente eso. Cuando aparece una tecnología superior, una empresa mejor organizada o alguien capaz de entregar el mismo producto por menos dinero, determinadas actividades desaparecen. Intentar conservar indefinidamente cada empresa existente equivale, finalmente, a impedir que aparezcan las nuevas. El capitalismo no promete conservar empresarios. Propone que se permita que aparezcan otros. De eso se trata un juego en el que las ganancias están cuando se acierta, y la desaparición cuando no se acierta o no se logra mantener lo conseguido.

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¿Qué debe ser rentable?

Si dentro de algunos años sigue siendo necesario dedicar más talento a interpretar al Estado que a interpretar al consumidor, el país habrá cambiado leyes sin cambiar la matriz. Si, por el contrario, quien descubre una oportunidad y pone en riesgo su tiempo, su capital y su reputación empieza a tener alguna ventaja sobre quien conoce todos los pasillos del poder, habrá ocurrido una transformación profunda.

La Argentina necesita verdaderos empresarios en los términos de Kirzner y Schumpeter, y necesita que resulte menos rentable ser pseudoempresario gestor ante el Estado, y cada vez más rentable ser un empresario que descubra necesidades o mejore las condiciones de producción.

Kirzner probablemente diría que las oportunidades están allí esperando ser descubiertas. Schumpeter advertiría que descubrirlas traerá destrucción. Es imprescindible que nos vayamos acostumbrando a ambas cosas.

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