La pila de hidrógeno en la aviación

Una explicación que parece necesaria • Por Luis Alberto Franco*

Esquema del motor eléctrico alimentado con hidrógeno y la superconductividad. Imagen: Airbus SAS.

Una pila de combustible (la más utilizada en aviación es la PEMFC —Proton Exchange Membrane Fuel Cell—) convierte químicamente hidrógeno (H₂) y oxígeno (O₂/aire) en electricidad, calor y agua. Su funcionamiento requiere celdas individuales compuestas por ánodo, cátodo y una membrana electrolítica que posibilita el intercambio de protones. En el ánodo, el H₂ se oxida gracias a un catalizador compuesto principalmente por platino, metal noble que favorece la reacción electroquímica con alta eficiencia. La membrana permite el paso de protones (H⁺) y bloquea electrones y gases no deseados en el proceso. Los electrones fluyen por un circuito externo, generando corriente eléctrica, que en definitiva es el objetivo del sistema. En el cátodo, los protones, los electrones y el oxígeno se combinan; de esa reacción se forma agua (H₂O).

Imagen: ChatGPT.

Cada celda produce una determinada tensión eléctrica, y varias celdas individuales conectadas en serie (stack) trabajan como una unidad que entrega la potencia requerida.

Además de estos componentes, la integración de una pila de combustible en una aeronave exige un sistema de supervisión permanente. Ello requiere sensores de presión, temperatura y detección de fugas que monitoreen en tiempo real el estado del hidrógeno y del stack, activando válvulas de corte y sistemas de ventilación ante cualquier anomalía. Hay que recordar que en aviación la seguridad es lo prioritario.

Fortalezas y debilidades

Desde el punto de vista operativo, las pilas PEM o PEMFC (Proton Exchange Membrane Fuel Cell) trabajan en un rango térmico relativamente bajo —entre 50 y 80 °C—, lo que obliga a un control preciso de la temperatura y de la humedad interna, ya que un exceso de agua puede inundar los electrodos, y una deshumidificación excesiva deteriora la membrana. Ambos fenómenos afectan el rendimiento y la vida útil del sistema.

La eficiencia eléctrica neta de estas pilas se sitúa, en condiciones óptimas, entre el 45 % y el 60 %, lo cual es un valor elevado si se lo compara con los motores convencionales, que pierden una parte sustancial de la energía del combustible en forma de calor no aprovechado. Ahora bien, debe tenerse en cuenta que esa cifra corresponde a la celda en sí; la eficiencia del sistema completo —considerando compresores, sistemas térmicos y conversión eléctrica— es inferior. Además, no elimina la necesidad de gestionar cuidadosamente el calor residual ni resuelve el desafío principal: la baja densidad energética volumétrica del hidrógeno y el peso estructural de los tanques.

La limitación no está tanto en la celda electroquímica como en el almacenamiento seguro y estructuralmente eficiente del hidrógeno. Los tanques presurizados o criogénicos deben cumplir exigencias estrictas de resistencia estructural, aislamiento y protección frente a impactos, lo que introduce penalizaciones de peso —por volumen necesario— y complejidad de integración.

A ello se suma la degradación progresiva del stack. La pérdida de actividad catalítica, los ciclos térmicos y la posible presencia de contaminantes reducen gradualmente el rendimiento, lo que introduce interrogantes sobre intervalos de mantenimiento, costos operativos y procesos de certificación.

Desde el punto de vista normativo, la certificación plantea desafíos adicionales: la resistencia estructural de los tanques ante impactos (crashworthiness), la gestión de posibles fugas en cabina o compartimentos técnicos y la ventilación controlada en caso de emergencia son aspectos que deberán demostrar niveles de seguridad equivalentes o superiores a los sistemas convencionales.

Conviene subrayar que la pila PEM es, en esencia, un generador electroquímico estacionario adaptado a un entorno altamente exigente. En aplicaciones terrestres puede operar en condiciones relativamente estables; en aviación, en cambio, debe responder a variaciones de potencia, vibraciones, cambios de altitud y gradientes térmicos significativos. Por ello, más que evaluar únicamente la eficiencia de la celda, resulta determinante analizar el comportamiento dinámico del sistema completo —stack, gestión térmica, compresores, electrónica de potencia y almacenamiento de hidrógeno— bajo condiciones reales de vuelo.

En el corto y mediano plazo, la aplicación más realista parece concentrarse en la aviación regional y en aeronaves de menor porte, donde los requerimientos de alcance y carga útil son más acotados. Allí, la relación entre peso, autonomía y logística puede encontrar un equilibrio más favorable que en el transporte de gran escala.

En la práctica

La mayoría de las configuraciones previstas combinan la pila con baterías auxiliares que absorben los picos de potencia —por ejemplo, durante el despegue— y suavizan las transiciones de régimen.

¿Quiénes están invirtiendo en esta tecnología?

Varias empresas están enfocadas en esta tecnología, que busca desarrollar una aviación capaz de volar sin combustibles fósiles. Sobre algunas de ellas se ha escrito en Aeromarket; a continuación, se presenta un listado de organizaciones que trabajan para que el hidrógeno sea una alternativa viable en aviación:

  • ZeroAvia avanza en el desarrollo e integración de sistemas PEM para reemplazar turbinas en aviones regionales; de hecho, ha realizado vuelos con prototipos.
    • Universal Hydrogen plantea una solución logística basada en el hidrógeno. Su objetivo es reconvertir aeronaves para vuelos regionales y colaborar con aerolíneas y transportistas en demostradores comerciales.
    • H2Fly (Alemania) investiga la integración de pilas de combustible en prototipos de avión y ha realizado pruebas de vuelo.
    • HyPoint desarrolla pilas de alta densidad de potencia (arquitectura enfriada por aire/turbo) orientadas a aviación eléctrica.

Otras empresas son Plug Power, Bloom Energy, AFC Energy, Ceres Power y diversos OEM aeroespaciales e integradores de sistemas de propulsión.

Entre las compañías tradicionales del sector aeronáutico se encuentra Airbus, que impulsa el programa ZEROe (investigación y demostradores de aeronaves propulsadas por hidrógeno) y ha establecido alianzas para motores y suministro; Rolls-Royce, concentrada en su negocio central —la propulsión—, desarrolla tecnologías vinculadas al uso del hidrógeno, tanto en sistemas eléctricos como en aplicaciones híbridas.

GE Aerospace es otra de las grandes empresas que investiga y establece alianzas para desarrollar y adaptar motores que funcionen con hidrógeno, con especial énfasis en sistemas híbridos.

Otros dos grandes fabricantes de motores, Safran y Collins Aerospace, han unido fuerzas para avanzar en este campo.

Entre las agencias gubernamentales figuran la NASA, con programas de investigación sobre sistemas de propulsión y seguridad del hidrógeno; el DLR (Alemania), que realiza ensayos e investigaciones sobre integración de pilas en aviación; el CIRA (Italia), ONERA (Francia), y las propias EASA y FAA, que intervienen en los procesos de certificación.

En definitiva, la pila de hidrógeno no es una promesa teórica, sino una tecnología funcional cuya viabilidad aeronáutica dependerá menos de la química que de su integración estructural, operativa y normativa. El desafío no reside únicamente en generar electricidad de manera eficiente, sino en hacerlo bajo las exigencias de peso, seguridad y certificación que la aviación impone.

*NdeR: La semana pasada, ARMKT publicó un artículo titulado: «Breve actualización sobre aviación eléctrica e híbrida». Luego de la publicación, varios lectores se contactaron pidiendo un texto no muy complejo que explicara cómo funciona una pila de hidrógeno y su aplicación para la aviación. Hoy se presenta un trabajo sobre esa tecnología. 
Para esta nota se utilizó IA, pero no se le pidió que escribiera la nota, sino que se trabajó con la herramienta en un largo ida y vuelta.
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