Las interferencias sobre la navegación satelital dejaron de ser un problema marginal y empiezan a formar parte de la planificación de vuelos civiles en varias regiones del mundo. Para las tripulaciones, el desafío ya no es solo evitar una zona de conflicto, sino también reconocer cuándo una señal puede haber dejado de ser confiable.
La tripulación recibió el NOTAM (Notice to Air Missions, aviso a los aviadores). La ruta estaba complicada. La situación no era nueva. En el quinto año desde la invasión rusa de Ucrania y a tres años del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 contra Israel y sus derivaciones, volar en determinados espacios aéreos se había convertido en un ejercicio de atención cada vez más exigente.
La documentación que recibió Marcelo Bonarte, comandante de un operador global de aviación ejecutiva y de negocios especializado en servicios de chárter no regular, era elocuente. La advertencia señalaba posibles interferencias sobre las señales del GNSS (Global Navigation Satellite System, Sistema Global de Navegación por Satélite) dentro de la FIR (Flight Information Region, Región de Información de Vuelo) de Emirates. Hablaba expresamente de jamming y spoofing, recomendaba extremar precauciones, utilizar medios alternativos de navegación cuando fuera necesario e informar cualquier anomalía al ATC (Air Traffic Control, control de tránsito aéreo). No era una amenaza teórica ni una nota al pie dentro de una extensa documentación previa al vuelo. Era algo que podía afectar los sistemas de navegación del avión durante la operación.
En la pantalla de planificación, la ruta desde Europa hacia Medio Oriente atravesaba una geografía cada vez menos neutra. El trazado ya no podía pensarse solamente en términos de vientos, combustible, aerovías, meteorología o eficiencia. Había zonas de conflicto, espacios aéreos restringidos, corredores condicionados y regiones en las que una señal satelital aparentemente normal podía dejar de ser confiable. La guerra había entrado en el cockpit.

Una señal que deja de decir la verdad
Durante décadas, se ha enseñado a los pilotos a no fiarse de sus “sensaciones” y a poner toda su confianza en los instrumentos, lo cual está muy bien. Es más, uno de los mayores avances de la navegación aérea consistió precisamente en aumentar la confianza en la posición calculada por los sistemas del avión. Sin embargo, hoy hay que desarrollar el criterio técnico y disponer de información suficiente para reconocer que lo que indican los equipos puede carecer de verosimilitud por razones ajenas al propio sistema. Hoy día, el GNSS permite determinar posición, navegación y tiempo con enorme precisión y se ha convertido en una pieza central de innumerables funciones aeronáuticas. Pero la misma dependencia que permitió mejorar eficiencia y precisión expuso también una vulnerabilidad.
El jamming bloquea o degrada la recepción de las señales satelitales. El piloto pierde una referencia que esperaba tener disponible. El spoofing plantea un problema diferente y potencialmente más complejo. No necesariamente elimina la señal, sino que la sustituye o manipula de manera que el receptor puede aceptar como válida una información falsa. En otras palabras, el primer problema consiste en que el sistema deje de saber dónde está. El segundo, en que cree saberlo cuando está equivocado.
La FAA (Federal Aviation Administration, Administración Federal de Aviación de Estados Unidos) advierte que las interferencias sobre GNSS pueden provocar, entre otros efectos, pérdida de navegación satelital, degradación de operaciones de PBN (Performance-Based Navigation, navegación basada en performance), posiciones incorrectas en las pantallas de navegación, alertas falsas de terreno y problemas en sistemas de vigilancia dependientes de la posición transmitida. La propia agencia recomienda que las tripulaciones estén preparadas para operar sin GNSS. No se trata, entonces, simplemente de que desaparezca el pequeño símbolo de GPS de una pantalla.
Cuando una aeronave moderna integra datos satelitales con sistemas inerciales, navegación, vigilancia, alertas de terreno y automatización, una posición errónea puede propagarse hacia funciones que la tripulación utiliza para construir su conciencia situacional; y ahí aparece la diferencia operacional más importante entre perder una señal y recibir una falsa. Una falla evidente obliga a buscar alternativas. Una señal falsa puede seguir invitando a confiar.
Un problema que salió de la zona de guerra
El fenómeno dejó hace tiempo de limitarse al espacio aéreo inmediatamente próximo a los frentes militares. La OACI (Organización de Aviación Civil Internacional) advirtió ya en 2024 sobre una escalada de actividades de jamming y spoofing en distintas regiones del mundo y recordó que el GNSS sostiene operaciones desde la navegación en ruta hasta aproximaciones de precisión.
EASA (European Union Aviation Safety Agency, Agencia de la Unión Europea para la Seguridad Aérea) y EUROCONTROL, por su parte, fueron más lejos en marzo de 2026 al publicar un plan conjunto específicamente destinado a mantener operaciones seguras durante episodios de interferencia GNSS. Ambos organismos señalaron que las perturbaciones se han convertido en un fenómeno habitual, especialmente cerca de zonas de conflicto, y que sus efectos pueden extenderse bastante más allá de ellas.
La preocupación tampoco es exclusivamente europea. La FAA mantiene actualmente una guía específica para pilotos y operadores sobre interferencias GNSS. Allí recuerda que los incidentes aumentaron en complejidad y frecuencia a partir de 2023 y cita datos de la IATA (International Air Transport Association, Asociación Internacional de Transporte Aéreo) según los cuales la tasa de pérdidas de GNSS por cada mil vuelos aumentó un 65% durante el primer semestre de 2024 respecto de 2023.
Las zonas mencionadas en la documentación que recibió Bonarte coinciden con esa nueva geografía del riesgo: Mediterráneo oriental, regiones próximas a Rusia, mar Negro y Báltico, norte de Europa, Medio Oriente, mares del sur y este de China y áreas de conflicto como Ucrania. Esto no significa que todos los vuelos que atraviesan esas regiones vayan a sufrir interferencias, pero sí algo operacionalmente más incómodo: la tripulación debe considerar que podría ocurrir.
¿La electrónica parte del conflicto?
Para un piloto de aviación ejecutiva internacional, el problema tiene además algunas particularidades. Las aerolíneas regulares suelen operar una red de rutas y destinos relativamente estable, lo que permite a sus áreas de operaciones acumular experiencia sobre esos corredores, sus restricciones y sus particularidades. En la aviación ejecutiva, en cambio, una tripulación puede encontrarse hoy en una ruta habitual y mañana recibir una misión hacia una región muy distinta, incluso con tensiones o restricciones operativas poco frecuentes. Eso obliga a reconstruir el escenario operacional para cada misión.
La ruta de Bonarte lo demuestra. Sobre el mapa aparecían grandes regiones que condicionaban la planificación. Algunas debían evitarse por completo. En otras, las autoridades advertían sobre degradación o manipulación de señales. A ello se agregaban restricciones temporales, cambios de rutas disponibles y la posibilidad de que una situación militar alterara de manera rápida aquello que se había planificado algunas horas antes. El NOTAM volvía entonces a adquirir una importancia que a veces la rutina amenaza con quitarle. No se trataba solamente de comprobar que una pista estuviera cerrada o una radioayuda fuera de servicio, sino que podía advertir sobre una condición que modificara la forma de interpretar los propios instrumentos.
Saber dónde estamos
La paradoja resulta interesante. Cuanto más precisa y automatizada se hizo la aviación, mayor fue la cantidad de funciones construidas alrededor de una información común: la posición exacta de la aeronave. Durante años, la navegación satelital permitió que esa posición se volviera extraordinariamente confiable; ahora algunos conflictos han introducido una pregunta que
parecía pertenecer a otra época: ¿Cómo sé realmente dónde estoy? La respuesta no consiste en abandonar el GNSS ni en desconfiar permanentemente de los sistemas modernos. Consiste en una disciplina aeronáutica basada en comparar información, reconocer inconsistencias y conservar alternativas. Los organismos internacionales insisten precisamente en esa resiliencia. La estrategia europea anunciada este año busca armonizar procedimientos, reforzar sistemas y mejorar la capacidad de continuar las operaciones aun cuando las señales satelitales sean degradadas. El objetivo declarado es mantener la seguridad sin paralizar innecesariamente el espacio aéreo.
Para el piloto, la cuestión es más inmediata. Si una posición parece extraña, si el mapa se desplaza, si una alerta no coincide con lo que indican otras referencias o si el sistema comienza a comportarse de una manera inesperada, la posibilidad de interferencia ya forma parte del diagnóstico. Algo cambió. Durante mucho tiempo, las guerras obligaron a los vuelos civiles a evitar determinadas regiones. Hoy pueden afectar también a los aviones que vuelan fuera de ellas.
El frente de batalla ya no siempre se reconoce por una frontera dibujada sobre el mapa. A veces aparece como una señal invisible que entra por una antena, llega a una computadora y pretende convencer al piloto de que el avión está en un lugar en el que nunca estuvo. Y quizá ésa sea una de las particularidades de estos años que estamos volando: el peligro no siempre obliga a cambiar de ruta. A veces obliga a desconfiar de aquello que hasta hace poco tiempo servía para saber por dónde íbamos.![]()

