El diésel una respuesta a la cuenta regresiva

La discusión sobre el futuro de la Avgas 100LL • Por Luis Alberto Franco

La pregunta que todos –especialmente la llamada aviación general– se hacen es: ¿se podrá reemplazar una gasolina de aviación con plomo sin dejar en tierra a una flota enorme de aeronaves de pistón que todavía depende de ella?

Con la espada de Damocles sobre la cabeza de los motores convencionales de pistón por la meta de eliminar el plomo de los combustibles de aviación hacia fines de 2030, los motores diésel aeronáuticos serían parte de una solución que ayudaría a dar vuelta la página, atenuando los graves trastornos de dar de baja a miles de aeronaves.

Estos motores, que en rigor funcionan por encendido por compresión y utilizan Jet A o Jet A-1, vuelven a aparecer como una salida para parte de la aviación general. Está claro que no resolverán de un día para otro el problema de la flota existente, ni reemplazarán a todos los Lycoming y Continental convencionales; pero ofrecen algo que los nuevos combustibles sin plomo no pueden: independizar a determinados aviones del debate sobre el octanaje, el tetraetilo de plomo y la continuidad futura de la Avgas.

La presión sobre la 100LL ya dejó de ser una hipótesis ambiental de largo plazo. En los Estados Unidos, la Administración Federal de Aviación (FAA) trabaja con la industria para eliminar el plomo de los combustibles de aviación para motores de pistón hacia fines de 2030. Si bien no se trata todavía de una prohibición automática y global de la 100LL, ni de una fecha que pueda trasladarse sin más a todos los mercados, sí es una señal regulatoria e industrial muy concreta desde el principal mercado mundial de aviación general.

El objetivo plantea un desafío considerable. La 100LL no es simplemente una nafta cara y azul. Es un combustible formulado para responder a motores de alta compresión o sobrealimentados, que requieren un elevado margen contra la detonación. El plomo permitió durante décadas alcanzar ese comportamiento y, al mismo tiempo, adaptarse a una flota antigua, muy diversa y distribuida en miles de aeródromos. Por eso el reemplazo no consiste solamente en encontrar una fórmula química adecuada. También exige certificarla, producirla en escala, distribuirla, adaptar instalaciones, evitar errores de abastecimiento y lograr que propietarios, talleres, aseguradoras y operadores acepten el cambio. De ahí que la transición sea, antes que nada, un problema de sistema.

Ya existen combustibles sin plomo aprobados o en evaluación para sustituir a la 100LL. Esa probablemente será la solución predominante para buena parte de la flota actual, porque permite conservar motores y aeronaves que fueron diseñados para operar con Avgas. Es el camino lógico para evitar que miles de Cessna, Piper, Beechcraft, Mooney y aeronaves de trabajo, sin una alternativa económica inmediata, queden condicionados por la disponibilidad futura de combustible.

Sin embargo, el camino del combustible sin plomo conserva la estructura del problema. Sigue requiriendo gasolina de aviación de alto octanaje, una cadena de producción específica y una red de distribución que deberá sostenerse para un mercado relativamente pequeño frente al de los combustibles automotores o el queroseno de aviación.

Ante esa situación, el motor diésel aeronáutico plantea algo distinto. En vez de encender una mezcla de aire y gasolina mediante bujías, magnetos y chispa, trabaja por compresión. El aire se comprime hasta alcanzar una temperatura suficiente para que el combustible inyectado se encienda. En sus versiones modernas, utiliza inyección common rail, turbocompresor, refrigeración líquida y control electrónico integral del motor, conocido como FADEC, por sus siglas en inglés de Full Authority Digital Engine Control.

En esos motores, el combustible ya no es Avgas, sino Jet A o Jet A-1, combustibles tipo queroseno utilizados por las aeronaves impulsadas por turbinas. Esa posibilidad tiene consecuencias relevantes. La primera es ambiental y regulatoria. Un motor diésel que opera con Jet A no emite plomo porque no necesita plomo. No espera que aparezca una alternativa a la 100LL ni depende de que un nuevo combustible alcance el delicado equilibrio de octanaje, materiales, desempeño y certificación que exige la flota convencional.

La segunda es logística. El Jet A-1 tiene una red de producción y distribución mucho más amplia que la Avgas. No significa que esté disponible en cada aeródromo pequeño, ni que la logística local deje de importar. Pero el combustible ya forma parte de la infraestructura central de la aviación comercial, ejecutiva y agrícola. Para operadores que vuelan entre aeropuertos con movimiento regular, esa diferencia puede ser importante.

La tercera es económica. Los fabricantes de estos motores sostienen que el consumo puede ser sustancialmente menor que el de un motor de gasolina comparable. La combinación de mejor eficiencia térmica, turboalimentación y control electrónico permite reducir el consumo horario y, en algunos casos, extender la autonomía sin aumentar la capacidad de combustible. En un avión escuela o de uso intensivo, esa ecuación puede pesar tanto como el precio inicial de la aeronave.

La cuarta es operativa. El FADEC simplifica la gestión del motor. No hay palanca de mezcla y el sistema regula automáticamente la inyección, la relación aire-combustible y otros parámetros de funcionamiento. Para un alumno o un piloto que no viene de la tradición del motor convencional, la reducción de carga de trabajo es evidente.

Pero esa lista de ventajas no debe convertirse en propaganda. El motor diésel aeronáutico no es un simple reemplazo de taller para cualquier avión que hoy usa Avgas. Una conversión exige una certificación específica para cada combinación de célula, motor, hélice, instalación eléctrica, combustible e instrumentos. También puede modificar peso, centro de gravedad, carga útil, prestaciones de ascenso y costos de mantenimiento.

Además, estos motores introducen otra cultura técnica. La simplicidad mecánica relativa del motor aeronáutico tradicional se reemplaza por sistemas de alta presión, electrónica de control, sensores, inyectores, turboalimentación, cajas reductoras en algunos modelos y procedimientos de mantenimiento que requieren capacitación y herramientas particulares. La disponibilidad de repuestos y de talleres habilitados sigue siendo un factor decisivo, sobre todo fuera de Europa y Estados Unidos.

Tampoco debe perderse de vista que el diésel aeronáutico ha tenido una historia irregular. Hubo desarrollos ambiciosos que no alcanzaron la madurez industrial esperada, fabricantes que desaparecieron y operadores que encontraron dificultades para sostener flotas pequeñas lejos de las redes de soporte. La tecnología actual es más sólida que la de aquellos primeros intentos, pero el antecedente explica parte de la cautela del mercado.

Aun así, los aviones nuevos equipados con motores de encendido por compresión muestran que la idea ya no pertenece al terreno experimental. Modelos como los Diamond DA40 y DA42, varias aeronaves Tecnam y conversiones certificadas de Cessna 172 y Piper PA-28 demuestran que existe una aplicación concreta, especialmente en instrucción, transporte liviano y operaciones que privilegian autonomía y costo horario.

La cuestión no es que el diésel vaya a desplazar a toda la aviación de pistón. No parece probable. Los motores convencionales seguirán siendo mayoritarios durante muchos años, y el combustible sin plomo será indispensable para evitar que la transición regulatoria convierta a una parte de la flota existente en un activo sin combustible.

Pero el final gradual de la 100LL obliga a reconsiderar una decisión que durante décadas parecía obvia. Hasta ahora, quien compraba un avión liviano elegía entre distintas variantes de un mismo mundo tecnológico: motor de pistón, Avgas, magnetos, mezcla y mantenimiento tradicional. En los próximos años, esa elección puede empezar a dividirse entre quienes buscan preservar ese ecosistema con combustibles sin plomo y quienes prefieren migrar a una plataforma que ya utiliza queroseno, control electrónico y encendido por compresión.

Para la aviación general, el diésel no será una salida única, pero sí una alternativa disponible antes de que la dependencia de la 100LL se transforme en una restricción operativa, económica o regulatoria. La pregunta será qué operadores, escuelas y propietarios decidirán seguir ligados a una cadena de combustible cada vez más excepcional, cuando existe otra que ya mueve al resto de la aviación.

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