De Ezeiza a la inteligencia artificial: la cuarta ola

Dr. Carlos Tonelli Banfi*

Imagen diseñada por ChatGPT.

Alvin Toffler publicó La tercera ola en 1980, pero su mirada tal vez sigue siendo una de las mejores formas de leer nuestro tiempo. Para él, la historia no era una mera sucesión de gobiernos, ideologías o ciclos económicos. La pensaba como una transformación profunda de las formas de producir, de comunicarse, de organizar el poder y de vivir.

Su idea de las “olas” era, precisamente, una forma de describir cambios civilizatorios.

La primera ola

La primera ola fue la Revolución Agrícola. Con ella aparecieron la vida sedentaria, la tierra como centro de riqueza, la aldea, la familia extendida, el ritmo de las cosechas y una relación con el tiempo dominada por la naturaleza.

La segunda ola

Su mundo fue el de la fábrica, la producción en serie, la concentración urbana, el Estado administrativo, la educación masiva, los partidos de masas, los sindicatos, las grandes burocracias públicas y privadas, el ferrocarril, el petróleo, el acero y la organización vertical de la economía.

La tercera ola

La tercera ola venía con una sociedad posindustrial, basada en la información, el conocimiento, la descentralización, la comunicación instantánea, la flexibilidad productiva y la desmasificación de los comportamientos sociales.

Toffler advirtió que las instituciones de la segunda ola no iban a desaparecer de un día para otro, pero empezarían a volverse insuficientes…

Toffler advirtió que las instituciones de la segunda ola no iban a desaparecer de un día para otro, pero empezarían a volverse insuficientes para ordenar el mundo nuevo. La fábrica seguiría existiendo, pero dejaría de ser la imagen dominante de la economía. El empleo estable de por vida dejaría de ser la única forma imaginable del trabajo. La empresa vertical empezaría a convivir con redes, servicios, tecnologías, conocimiento aplicado y formas más livianas de organización. La política misma se vería tensionada por sociedades menos homogéneas, menos disciplinadas por grandes relatos colectivos y más atravesadas por demandas fragmentadas.

Mirándolo hoy, la tercera ola no fue el final del cambio. Fue una estación intermedia. La información, que para Toffler era la materia prima decisiva de la nueva civilización, se ha convertido ahora en algo más que un recurso.

Con la inteligencia artificial, la información empieza a operar como agente activo. Ya no se limita a ser almacenada, transmitida o procesada. Ahora interpreta, predice, diseña, clasifica, organiza, recomienda, decide y ejecuta.

Allí empieza lo que podríamos llamar la cuarta ola.

Si la primera ola domesticó la tierra, la segunda domesticó la máquina y la tercera domesticó la información, la cuarta comienza cuando la información empieza a domesticarse a sí misma.

La inteligencia artificial no es simplemente una nueva tecnología agregada al inventario de la modernidad. Es una mutación de otra naturaleza.

La tercera ola había anunciado una civilización posindustrial organizada alrededor del conocimiento, la descentralización, la comunicación instantánea y la flexibilidad.

Pero aun allí el hombre seguía siendo el centro evidente del proceso.

El dato era producido, ordenado, interpretado y utilizado por sujetos humanos, empresas humanas, Estados humanos, comunidades humanas.

La cuarta ola altera ese equilibrio. El dato ya no espera pasivamente a ser leído; comienza a ser procesado por sistemas que aprenden, recombinan, anticipan y actúan.

En la primera ola, el poder pertenecía a quien dominaba la tierra.

En la segunda, a quien dominaba la fábrica, la energía, el acero, el ferrocarril, el petróleo y la organización industrial.

En la tercera, a quien dominaba la información, las telecomunicaciones, el software, las redes y los flujos globales.

En la cuarta, el poder pertenecerá a quien domine los modelos, los datos, la capacidad de cómputo, los chips, la nube…

En la cuarta, el poder pertenecerá a quien domine los modelos, los datos, la capacidad de cómputo, los chips, la nube, los sistemas autónomos, la energía que alimenta esa infraestructura y la arquitectura invisible dentro de la cual las decisiones serán sugeridas, optimizadas o directamente ejecutadas.

La cuarta ola no elimina a la tercera: la absorbe.

Internet fue el sistema nervioso de la tercera ola; la inteligencia artificial es el principio cognitivo de la cuarta.

La red conectaba, la IA interpreta; la red distribuía información, la IA la transforma en acción.

En la red buscábamos; la IA comienza a responder.

La red multiplicaba voces; la IA empieza a producir lenguaje.

Por eso la cuarta ola no transforma solamente la economía. Transforma la experiencia humana del trabajo, de la autoridad, de la educación, de la guerra, de la política y de la verdad.

El trabajador ya no compite únicamente con otro trabajador ni con una máquina industrial, sino con sistemas capaces de absorber tareas cognitivas.

La empresa ya no se organiza solamente alrededor de capital, empleados y gerentes, sino alrededor de datos, automatización, algoritmos y capacidad de adaptación.

Nuestro Estado ya no enfrenta solo problemas administrativos, sino desafíos de soberanía tecnológica, seguridad informacional, control de infraestructuras críticas y legitimidad de decisiones mediadas por sistemas opacos.

La fábrica fue el templo de la segunda ola. La pantalla fue el ícono de la tercera.

¿Cuál será la institución decisiva de la cuarta?

Y ese cambio tiene una consecuencia política central: las sociedades que no se suban a esta cuarta ola no quedarán simplemente atrasadas; quedarán administradas por sistemas diseñados por otros.

En la segunda ola, el atraso significaba no tener industria.

En la tercera, significaba no tener conectividad ni software.

En la cuarta, significará no tener modelos, datos, energía, chips, talento ni capacidad estatal para entender la inteligencia artificial que organiza la economía, la defensa, la seguridad, la justicia, la educación y la conversación pública.

Entonces, en nuestro Senado no discutimos solamente modernización de leyes laborales o societarias.

Discutimos, aunque no se plantee así, en qué siglo queremos vivir.

Detrás de cada proyecto de ley, de cada oposición sindical, de cada cautelar judicial y de cada reforma institucional aparece una pregunta más profunda: si el país seguirá atrapado en las formas sociales de la industrialización del siglo XX…

Detrás de cada proyecto de ley, de cada oposición sindical, de cada cautelar judicial y de cada reforma institucional aparece una pregunta más profunda: si el país seguirá atrapado en las formas sociales de la industrialización del siglo XX o si será capaz de subirse, aunque sea tarde, al tren de una modernidad que ya empieza a dejar atrás incluso aquella tercera ola que Toffler había anunciado hace más de cuatro décadas, cuarenta años…

En este punto, las críticas de Elisa Carrió funcionan como síntoma de una vieja reacción argentina ante cada salto de época. Advierte sobre un “experimento catastrófico” y sobre el riesgo de un “totalitarismo corporativo” asociado a la inteligencia artificial y a las grandes plataformas tecnológicas.

 El riesgo existe y no debe ser negado

Pero su conclusión política es débil: confunde prudencia con repliegue.

La Argentina no se defiende de la cuarta ola quedándose afuera de ella.

Se defiende entrando con reglas propias, talento propio, empresas propias, infraestructura propia y un Estado capaz de entender aquello que debe regular.

El verdadero sometimiento no sería modernizarse, sino consumir pasivamente tecnologías, modelos y decisiones diseñadas por otros.

El primer peronismo fue, en la Argentina, la expresión más completa de la segunda ola.

No puede entenderse fuera de la sociedad industrial. Su mundo era el de la fábrica, el obrero organizado, el sindicato de rama, el convenio colectivo centralizado, el Estado planificador, la empresa nacional, la sustitución de importaciones, la movilidad social ascendente y la idea de una comunidad política estructurada alrededor del trabajo asalariado formal.

Allí hubo una inteligencia histórica indudable: Perón leyó antes que muchos el país industrial que estaba naciendo y construyó sobre esa base un régimen de representación, de poder y de derechos.

Pero el primer peronismo no fue solamente legislación laboral ni liturgia obrera. Fue también una operación territorial de enorme ambición.

Ezeiza y la autopista Riccheri condensan esa dimensión.

Y para muestra basta un botón.

El aeropuerto internacional no era solo una obra pública: era la puerta aérea de una Argentina que quería presentarse al mundo como país moderno, industrial, organizado y soberano. La autopista que lo conectaba con la Capital completaba el gesto. No se trataba únicamente de unir un aeropuerto con la ciudad, sino de trazar una nueva geometría del poder estatal sobre el territorio: velocidad, escala, conectividad, monumentalidad e integración nacional.

En ese sentido, Ezeiza fue una pieza emblemática de la segunda ola argentina. Allí se combinaban el Estado constructor, la infraestructura estratégica, la planificación territorial, el imaginario de progreso técnico y la idea de una nación que se incorporaba a la modernidad a través de grandes obras físicas.

La segunda ola no era abstracta: tenía cemento, pistas, hangares, autopistas, obreros, ingenieros, funcionarios, ceremonial y una épica de incorporación material al siglo XX. El aeropuerto y la Riccheri expresaban una Argentina que todavía creía que la modernidad se construía ocupando el espacio, ordenando el territorio y levantando infraestructuras visibles.

Esa lectura es fundamental para no caer en una crítica simplista.

El primer peronismo fue modernizador en su tiempo.

Le dio forma política a una sociedad industrial que estaba emergiendo y comprendió que la infraestructura, el trabajo, el consumo, la movilidad y la representación social debían articularse en un mismo proyecto nacional.

Pero esa misma matriz, que en su origen fue audaz, terminó convertida en una estructura defensiva. Lo que había nacido para incorporar masas obreras a la vida nacional derivó, décadas después, en un sistema corporativo rígido, territorializado, litigioso, sindicalmente capturado y jurídicamente hostil a la creación de empleo privado formal.

La segunda ola, que en los años cuarenta era el futuro, se convirtió en el pasado que no termina de retirarse.

Ahí debe leerse el conflicto alrededor de la reforma laboral impulsada a comienzos de 2026. El proyecto, incluso antes de sufrir recortes, ya llegaba condicionado por el poder de veto de los sindicatos peronistas, por gobernadores, por bloques parlamentarios y por una cultura jurídica que sigue pensando el trabajo desde la fábrica fordista, no desde la economía digital, fragmentada, flexible, tecnológica y global del siglo XXI.

Luego vinieron las concesiones, las amputaciones legislativas, la eliminación de artículos sensibles y, finalmente, la judicialización.

La secuencia revela algo más importante que una negociación parlamentaria: muestra hasta qué punto la Argentina todavía discute la modernización laboral bajo la tutela de instituciones nacidas en la segunda ola.

La paradoja evidente

Mientras el mundo ingresa en una economía de inteligencia artificial, automatización, plataformas, blockchain, tokenización, trabajo remoto, servicios globales y empresas sin estructura física tradicional, la Argentina sigue atada a un régimen laboral pensado para una sociedad de grandes establecimientos, relaciones estables, representación sindical homogénea y carreras laborales previsibles.

Ese mundo no desapareció por completo, pero dejó de ser el centro dinámico de la economía.

Defenderlo como si todavía fuera la totalidad de la vida productiva es condenar al país a mirar el futuro desde una estación abandonada.

Por eso mismo, la reforma de la Ley de Sociedades que impulsa el gobierno tiene una relevancia que excede largamente la técnica jurídica.

Por eso mismo, la reforma de la Ley de Sociedades que impulsa el gobierno tiene una relevancia que excede largamente la técnica jurídica.

Al habilitar sociedades digitales, automatizadas, estructuras organizadas mediante inteligencia artificial, DAO, blockchain, registros electrónicos, asambleas remotas, mayor libertad contractual y formas empresariales menos dependientes de la burocracia registral clásica, el Gobierno intenta modificar el molde mismo de la empresa argentina.

La sociedad comercial tradicional fue una institución de la segunda ola.

La sociedad automatizada pertenece a otra lógica: una economía donde el capital puede ser intangible, la organización puede ser algorítmica, la comunidad puede estar distribuida globalmente y la producción puede no requerir el aparato administrativo que conocimos durante el siglo XX.

La comparación con Ezeiza ilumina el contraste

Para el primer peronismo, modernizar era construir el aeropuerto, tender la autopista, organizar al trabajador industrial, expandir el Estado y darle materialidad a la nación. Para la Argentina de Milei, modernizar supone algo distinto: remover las capas normativas, corporativas y burocráticas que impiden que el país participe de una economía donde la infraestructura decisiva ya no siempre se ve.

La pista, el hangar y la autopista siguen siendo importantes, pero ahora conviven con datos, algoritmos, redes, plataformas, contratos inteligentes, servidores, inteligencia artificial y sociedades capaces de operar más allá de la forma empresaria tradicional.

Ese es el punto central: el presidente Milei y todo su equipo no estamos intentando simplemente desregular: estamos tratando de reubicar a la Argentina en una carrera histórica que el país perdió varias veces. Primero perdió parte del tren industrial por encerrarse en un modelo corporativo improductivo. Después llegó tarde a la tercera ola informacional. Y ahora enfrenta el riesgo de quedar fuera de una etapa todavía más exigente, en la que la inteligencia artificial ya no es solamente una herramienta, sino una infraestructura civilizatoria.

El esfuerzo es enorme porque la modernización argentina no se produce sobre una hoja en blanco.

Se produce sobre décadas de estancamiento, inflación, informalidad, pobreza, gasto público desordenado, regulaciones contradictorias, litigiosidad, privilegios sectoriales y desconfianza crónica.

El ajuste que atraviesa la sociedad no es una abstracción contable.

Duele en familias, empresas, provincias, municipios y trabajadores.

Pero una parte muy importante del pueblo argentino parece intuir que el costo de no cambiar sería todavía mayor.

No se banca el ajuste por resignación. Lo banca, en gran medida, porque percibe que del otro lado no había una normalidad defendible, sino una decadencia administrada.

Esa intuición popular es más profunda de lo que muchas élites admiten.

El voto a Milei no fue solamente un voto de enojo

Fue también una forma, todavía desordenada pero poderosa, de decir que el viejo sistema ya no sirve para entrar al mundo que viene. El pueblo puede no hablar en términos de Toffler, de cuarta ola, de inteligencia artificial, de DAO o de sociedades automatizadas. Pero entiende algo esencial: que la Argentina no puede seguir viviendo de espaldas a la productividad, al mérito, a la inversión, a la tecnología, a la competencia y al futuro.

Entiende que un país donde abrir una empresa es una odisea, contratar es un riesgo judicial, invertir es una apuesta contra el Estado y producir es cargar con el peso muerto de un sistema agotado no puede darle destino a sus hijos.

La oportunidad, además, aparece en un mundo que se está reconfigurando. La globalización ingenua de las últimas décadas se terminó. Las cadenas de suministro se rediseñan, la seguridad energética vuelve al centro, los minerales críticos ganan valor estratégico, la inteligencia artificial redefine la competencia entre potencias, la defensa incorpora drones y sistemas autónomos, y la infraestructura digital se convierte en un nuevo territorio de soberanía.

En ese escenario, la Argentina tiene activos formidables: energía, alimentos, litio, talento humano, capacidad científica, ubicación geopolítica, tradición institucional, recursos naturales y una sociedad que, aun golpeada, conserva una extraordinaria vocación de movilidad y progreso.

Pero ningún recurso natural garantiza por sí solo una inserción inteligente en la cuarta ola.

Tener litio no alcanza si no desarrollamos capacidad industrial, tecnológica y regulatoria.

Tener alimentos no alcanza si no incorporamos biotecnología, logística, trazabilidad, IA aplicada y acceso a mercados.

Tener talento no alcanza si el talento emigra, se burocratiza o trabaja para plataformas extranjeras desde una economía local inviable.

Tener empresas no alcanza si las empresas nacen atadas a formas societarias pensadas para otro siglo.

El desafío es construir una Argentina compatible con la cuarta ola

Eso exige leyes laborales capaces de incorporar empleo real, no de custodiar únicamente el empleo formal existente. Exige sociedades comerciales compatibles con empresas digitales, automatizadas, globales y rápidas. Exige educación orientada a un mundo de inteligencia artificial, no a una burocracia que se achica. Exige justicia compatible con la velocidad económica, no con el expediente eterno. Exige infraestructura física y digital, energía abundante, conectividad, datos, ciberseguridad, defensa tecnológica y capacidad estatal para no delegar la soberanía en sistemas que otros diseñan.

No se trata de negar la historia argentina. Se trata de volver a leerla con inteligencia.

Perón no fue grande por conservar el pasado, sino por haber entendido el futuro de su época. Su mérito histórico no consistió en defender una Argentina agroexportadora que se apagaba, sino en organizar políticamente la Argentina industrial que emergía.

Por eso resulta tan absurdo invocar al peronismo para bloquear toda modernización.

Si Perón hubiera pensado así, no habría construido poder sobre la segunda ola. Se habría quedado custodiando las formas vencidas del país anterior. Perón no lo hubiese querido.

No hubiera querido una Argentina prisionera de sindicatos convertidos en corporaciones inmóviles, de leyes laborales que expulsan trabajadores a la informalidad, de empresas que no nacen porque el costo regulatorio las asfixia, de jóvenes que se van porque el país no les ofrece futuro, de un Estado que confunde presencia con obstáculo y de una dirigencia que administra la nostalgia de una grandeza perdida.

Si algo enseña el primer peronismo, leído sin dogma, es que la política solo se vuelve histórica cuando logra asociarse con la ola ascendente de su tiempo.

La ola ascendente es la inteligencia artificial aplicada a la producción, a la seguridad, al comercio, a la administración pública, a la defensa, a la educación, a la salud, a la logística, a la energía y a la empresa.

Hoy esa ola no es la fábrica. La ola ascendente es la inteligencia artificial aplicada a la producción, a la seguridad, al comercio, a la administración pública, a la defensa, a la educación, a la salud, a la logística, a la energía y a la empresa. Es la economía del dato, del modelo, del algoritmo, del talento, del capital intangible y de la velocidad institucional.

La Argentina tiene una oportunidad histórica

No porque el camino sea fácil, sino porque pocas veces estuvo tan claro el costo de quedarse afuera. La cuarta ola no esperará a los países que todavía estén discutiendo las instituciones del mundo anterior. No esperará a quienes sigan creyendo que la empresa es necesariamente una oficina con libros rubricados en papel, que el trabajo solo puede organizarse como en 1974, que la infraestructura estratégica se limita al cemento, que la soberanía tecnológica es un lujo académico o que la inteligencia artificial es una moda pasajera.

La Argentina debe decidir si mira el futuro desde el andén del viejo corporativismo o si se anima, por fin, a correr detrás del tren que el mundo ya puso en marcha.

El presidente Milei está haciendo un esfuerzo enorme para que el país vuelva a subir.

El pueblo, con sacrificio y con intuición histórica, parece comprender que esta vez no se trata solo de ordenar la economía. Se trata de no quedar fuera de la civilización que viene.

No nos quedemos afuera.

*El Dr. Carlos Tonelli Banfi es director de la Policía de Seguridad Aeroportuaria.
Las notas firmadas no necesariamente son las de Aeromarket.
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