Soy la Argentina, soy adicta

Inflación, matriz productiva, cambios globales en el mercado laboral... • Por Luis Alberto Franco

Con todo respeto por quien sufre una adicción, hay que reconocer que la Argentina ha sido adicta a la inflación, al subsidio, al cierre del comercio exterior, al favor discrecional del Estado y a acudir a la deuda para sostenerse. En una palabra, al intervencionismo. No a uno cuidadoso —si tal especie existiera en una realidad de conocimiento disperso—, sino a uno demagógico o, como se dice ahora, “populista”.

Después de décadas de esa dependencia, la Argentina está hoy en tratamiento. No para curarse —el adicto siempre seguirá siendo vulnerable a aquello que lo dominó—, sino para recuperarse. Ese proceso tiene un nombre bastante preciso: síndrome de abstinencia.

Durante buena parte de los últimos sesenta años, la inflación argentina no fue una anomalía ocasional, sino una presencia recurrente. En 30 de esos 60 años, la inflación anual superó el 30 %. En 2023 el IPC aumentó 211,4 %; en 2024, 117,8 %, y en 2025 bajó a 31,5 %. El cambio fiscal fue igualmente brusco: en 2024 el Sector Público Nacional registró un superávit primario equivalente a 1,8 % del PBI y en 2025 alrededor de 1,4 %, con resultado financiero positivo en ambos años. Una economía que modifica de ese modo su régimen fiscal y monetario difícilmente puede hacerlo sin desplazamientos. El subsidio que desaparece deja expuesto un costo oculto; la obra pública que no se ejecuta afecta a quienes dependían de ella; la empresa que pierde protección, crédito subsidiado o un régimen de medida debe adaptarse, achicarse o desaparecer. El dolor económico existe. Negarlo sería tan absurdo como confundirlo automáticamente con la enfermedad que se intenta tratar. Pero al mismo tiempo ocurre otro proceso que no es argentino.

El trabajo está cambiando en todas partes

Las fábricas que producen con menos operarios, bancos que cierran sucursales, comercios desplazados por plataformas, depósitos automatizados y tareas administrativas ejecutadas por programas, son fenómenos globales.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estudió durante una década los empleos más expuestos a la automatización en 21 países. No encontró destrucción neta de empleo, ya que en términos totales creció en todos. Pero mientras las ocupaciones con alto riesgo de automatización aumentaron alrededor de 6 %, las de bajo riesgo lo hicieron 18 %. Además, estima que el 14 % de los puestos están en alto riesgo de automatización y otro 32 % puede sufrir transformaciones importantes. En ese escenario, la inteligencia artificial (IA) profundiza el proceso, aunque hasta ahora tampoco aparece asociada a una reducción generalizada del empleo en los países estudiados por la OCDE, porque los datos muestran que, si bien sustituye tareas, simultáneamente crea otras y aumenta la demanda de nuevas capacidades. Por eso sería equivocado adjudicar cada fábrica o comercio que “baja la persiana” en la Argentina al programa económico local porque, como se ha señalado, una parte del fenómeno es global; otra es exclusivamente argentina.

Dos transformaciones superpuestas

El problema de la Argentina actual es que atraviesa al mismo tiempo una transformación productiva mundial y una modificación profunda de las condiciones bajo las cuales durante años funcionaron empresas, trabajadores y consumidores.

Una fábrica alemana puede reducir personal porque una tecnología permite producir lo mismo con menos empleados. Un banco francés puede cerrar sucursales porque sus clientes operan online. Una cadena comercial australiana puede achicarse porque cambió la manera de comprar. Pero en la Argentina puede ocurrir, además, que una empresa haya dependido de protección, subsidios, regulaciones, precios artificiales o demanda pública que están en pleno cambio. Los dos efectos se mezclan y aparece la tentación comprensible de adjudicar todo el malestar al tratamiento. La abstinencia tiene precisamente esa característica. El paciente recuerda aquello que le evitaba el dolor inmediato y olvida por qué comenzó el tratamiento. Esto no significa que cualquier terapia sea la correcta ni que cualquier dosis sea la adecuada. Un médico observa al paciente, corrige, modifica procedimientos y procura evitar daños innecesarios. Pero una cosa es ajustar el tratamiento y otra volver a consumir aquello que produjo la dependencia y el progresivo deterioro.

El dato incómodo del empleo

La Argentina terminó 2025 con una economía nuevamente en crecimiento, pero con un mercado laboral todavía frágil, fuerte informalidad y ocupaciones de menor calidad. La pregunta, entonces, no debería limitarse a cuántos puestos desaparecen, sino a qué puestos aparecen en su reemplazo si tal cosa estuviera sucediendo. Ahí aparece una diferencia crucial entre las economías capaces de absorber el cambio y aquellas que quedan detenidas en la transición.

Cuando una línea de producción se automatiza, desaparecen determinadas tareas, pero pueden crecer ingeniería, software, mantenimiento, logística o servicios técnicos. Nada garantiza que la persona que perdió un puesto ocupe inmediatamente otro. Ese es el drama de toda transformación. Pero una economía dinámica puede generar nuevas oportunidades. El sufrimiento se presenta cuando el empleo viejo desaparece sin que el nuevo nazca con suficiente velocidad o formalidad.

Schumpeter llamó “destrucción creativa” al proceso por el cual la innovación desplaza actividades y crea otras. La expresión resulta confortable hasta que la destrucción toca a alguien conocido. Sin embargo, impedir cualquier desplazamiento tampoco preserva indefinidamente el empleo. Puede terminar preservando estructuras cada vez menos competitivas hasta que desaparezcan junto con los puestos que se intentaba proteger. La pregunta, entonces, no es conservar todo ni destruir todo, sino cómo transitar el proceso.

El riesgo de la recaída

La metáfora de la adicción y el síndrome de abstinencia resulta pertinente porque la Argentina ya estuvo otras veces en tratamiento. Ha pasado de intentos de ordenamiento y devaluación a nuevas expansiones fiscales, controles, subsidios, atrasos de precios y financiamiento inflacionario; y cada recaída suele comenzar con argumentos seductores, como proteger empleos, sostener el consumo, defender una actividad o aliviar un costo. La cuestión es si en esta oportunidad podrá construirse una economía capaz de reemplazar empleo dependiente del subsidio y actividades improductivas por empleo productivo, atraer inversión, incorporar tecnología y generar actividades capaces de sostenerse. Por lo pronto, no puede ignorarse que en la Argentina actual hay señales de cambio, como el crecimiento de las exportaciones, una modificación de la matriz productiva y una mayor federalización de la inversión, con capital y población desplazándose hacia regiones que hasta hace poco ocupaban un lugar mucho menor en la economía nacional.

La baja de la inflación puede medirse, al igual que el equilibrio fiscal, que siempre debería ser una regla; pero la recuperación de la Argentina —el paciente en abstinencia— exige también que la mejoría se vaya sintiendo en todo el organismo y no quede limitada a algunos indicadores. En ese sentido, es primordial recuperar la capacidad de transitar la realidad cotidiana, encontrar motivaciones para concentrarse en lo que puede ganar, mantener presente aquello de lo que ha logrado apartarse con tanto esfuerzo y volver a valorar la normalidad. Si no lo consigue, la tentación de volver al pasado será enorme y ceder a ella significaría una recaída gravísima. Si lo logra, es muy posible que, con el tiempo, pueda decir: “Soy Argentina, soy adicta, pero hace años que no recurro a aquello que me estaba destruyendo”.

Esta columna de opinión fue parte de “La semana aeronáutica”, publicada en Aeromarket.
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