
Parece el inicio de un chiste: ¿qué tienen en común un piloto, un sommelier, un catador de aceite y un perfumista? Más de lo que parece.
Bisabuelos: más sentidos que instrumentos
Aquellos pilotos, con sus máquinas de madera y tela y una instrumentación que hoy nos parecería de juguete, interpretaban con ingenio lo que el avión contaba: desde una varilla con flotador que sobresalía del fuselaje y bajaba al vaciarse el tanque, hasta el silbido del aire en los cables de arriostramiento, que, según cuentan, les daba una idea de la velocidad. La palanca se endurecía cuanto más rápido volaban; el cuerpo notaba la presión contra el asiento, y la suma de todo era a menudo su único instrumento. Volaban con todo el cuerpo. Indicios valiosos, pero no métodos fiables de medida.
Hoy nadie en su sano juicio renunciaría a los instrumentos. Pero sigue vigente una lección: no conviene desconectar los sentidos cuando pilotamos un avión liviano.
Además, un instrumento es una cadena: un sensor mide, el instrumento traduce esa medida al giro de una aguja, y nuestro cerebro la interpreta. Cada eslabón puede fallar, incluida su alimentación eléctrica.
Con los sentidos, la cadena es más corta: de los ojos, el oído o la nariz directamente al cerebro, sin traducción intermedia. Por eso pueden darnos una pista más. Eso sí, seamos prudentes: complementan a los instrumentos, nunca los sustituyen.
Dice el refrán que hay tres cosas inútiles para un piloto: la pista que queda detrás, la altura que queda por encima y el combustible que quedó en el hangar. Yo añado una cuarta: las señales que nos dan el avión y el motor y que no escuchamos.
Lo que los pilotos deberíamos saber
Volvamos a la pregunta inicial. Sommeliers, catadores y perfumistas comparten una capacidad que da la experiencia:
distinguir con los sentidos matices que otros pasan por alto. Sus sentidos son los mismos que los nuestros, pero a ellos les enseñan a usarlos y a describir lo que perciben. A los pilotos, a veces, no. Las prisas no siempre dejan tiempo para educar los sentidos, y la invasión de pantallas y lucecitas, con su apariencia tranquilizadora, tampoco. Nos emocionamos con el GPS, pero pasamos por alto el sonido de un motor que no anda redondo. Una parada de motor en vuelo sí es “mucho más emocionante”. Y eso que el motor es, de todo el avión, la parte que más habla.
El motor también tiene sus catadores. El mecánico experimentado “lee” el color del aceite y de los electrodos de las bujías, y con el oído nota cuándo la combustión no es regular: el famoso “ese motor anda en tres cilindros”. No sabe aún qué es, pero sabe que hay que revisarlo antes de volar.
En la inspección prevuelo revisamos bulonería, alas, timones y alerones, moviendo los comandos en todas direcciones (lo que en España llamamos “hacer la chocolatera”). Tras arrancar, podemos apreciar cómo suena nuestro motor, qué vibraciones son normales y cómo responde al acelerador. Y no olvidemos la nariz: el olor a combustible en cabina, a aceite quemado o a cable caliente es de los avisos más valiosos que existen. No se trata de ser mecánico, sino de distinguir lo normal de lo excepcional.
El motor habla. ¿Sabemos escucharlo?
Para hablar con el motor, primero hay que conocerlo: con los manuales del motor y del avión y, si hace falta, con un buen libro de divulgación que nos dé las bases. Nuestros instructores habilitados nos ayudarán a interpretar las señales que captan nuestros sentidos: cuanto mejor preparados estemos, mejor entenderemos nuestro avión y su motor. Luego, la práctica nos hará “conversar” cada día mejor.
La clave es esta: detectar una anomalía y diagnosticar su causa son cosas distintas. Lo primero supone entrenar los sentidos; lo segundo corresponde a los mecánicos de mantenimiento habilitados. Un piloto no necesita diagnosticar fallas, pero sí reconocer cuándo algo no parece normal y, ante la duda, no volar y consultarlo con el mecánico. Eso es seguridad.
Como se suele decir: siempre es buena idea que el número de aterrizajes sea igual al de despegues. Por eso, no renunciemos a ninguna vía de comunicación con nuestro avión: ¡ni siquiera a la nariz!![]()
*El autor es ingeniero industrial y piloto de ala fija y autogiro. Ha escrito varios libros aeronáuticos (motoresdeaviacionligera.com).

