La batería es una caja negra, pero no es un enigma: resulta más fácil de entender que un adolescente o que la declaración de impuestos.
Para comprobarlo, imaginemos una reunión social y tomemos como ejemplo una batería de plomo-ácido. Si hemos asistido alguna vez a una, ya tenemos medio camino recorrido. ¿Nos hemos fijado en esos invitados que cuentan su vida a todo el mundo y en esos otros que solo escuchan?
Pues en la naturaleza pasa igual: hay materiales que, en presencia de un ácido, tienden a soltar electrones, y por suerte hay otros que en el mismo medio hacen lo contrario, absorben los electrones que sueltan los primeros.
El ácido es, por tanto, el anfitrión de la reunión: se encarga de que unos hablen y otros escuchen. Y su cargo tiene hasta nombre: electrolito. Además, a los electrones no les gusta nadar en ácido; prefieren caminar por un cable metálico. Y nos viene muy bien, porque si conectamos los dos materiales por fuera mediante cables, podemos alimentar gran parte del sistema eléctrico del avión: las luces, la radio, el motor de arranque, los flaps, etc. Y decimos gran parte porque las magnetos permiten que el encendido funcione independientemente de la batería. Pero eso será materia de otro artículo.
¿La fiesta se acaba? Sí, ¡pero vuelve a empezar!
Todo en la vida tiene un precio. La batería de a bordo nos permite iluminar la cabina o arrancar el motor, pero, mientras entrega electricidad, sus materiales y el electrolito se van transformando y disminuye la energía disponible. Los invitados se cansan, el anfitrión pierde fuerzas y la reunión decae. A nuestra batería le pasa igual: necesita recargarse.
¡Pero hay solución! En una batería recargable, si aplicamos energía eléctrica a sus terminales, podemos regenerarla y recuperar parte de la energía almacenada. En el avión, de esa tarea se encarga el sistema de carga: alternador, rectificador y regulador.
Una batería es como una hucha
Empezábamos hablando de una caja negra que, a estas alturas, ya no tiene tanto misterio, pero seguimos pensando en lo que pone por fuera: «12 V – 35 Ah». Vale, 12 V se entiende, serán los 12 voltios, pero ¿Ah? ¿Querrá decir Ah = «a la hora»? ¿Será un múltiplo del voltio? Nada de eso: Ah, es una promesa que nos hace nuestra batería sobre su capacidad de ayudarnos. Imaginemos una hucha (en España llamamos así a la alcancía) con 35 €: podemos gastar el dinero comiendo durante cinco días en la cafetería del aeródromo, a 7 € la comida. O podemos comer lo mismo cuatro días y tomar siete cafés de 1 €. Una batería de 35 Ah podría, idealmente, suministrar 5 amperios durante 7 horas o 7 amperios durante 5 horas. Pero la realidad puede ser distinta: la capacidad efectiva depende de la temperatura, el estado de la batería, los ciclos acumulados y la intensidad de descarga. Y si en vuelo fallara la recarga, solo tendríamos la energía que quede en la batería, es decir, el dinero de la alcancía. Cada aparato encendido sería un café más. Tocaría recordar los Ah y el alcance real de las promesas, y seguir lo que indica el manual para estos casos.
Mejor hacer las cuentas antes de despegar
En los aviones modernos utilizamos cada vez más equipos eléctricos. Antes de añadir otros nuevos o modificar los que tenemos, consultemos los manuales del motor y del avión y la normativa aplicable, y acudamos a técnicos autorizados para que «nos hagan bien las cuentas» y la instalación.
Como en cualquier buena reunión, lo importante es que la fiesta no termine antes de tiempo. Recordemos el refrán aeronáutico: “Despegar es opcional, pero aterrizar es obligatorio”.


