Expectativas y realidad económica

Las dos experiencias alemanas de estabilización • Por Luis Alberto Franco

Schacht, Erhard y Milei en conversación imaginaria. Imagen: ChatGPT.

 

¿Cuánto tiempo puede sostenerse políticamente un plan de estabilización y transformación cuando las expectativas individuales se recuperan más lentamente que los indicadores macroeconómicos?

 

Tal vez las experiencias alemanas de 1923 y 1948 pueden resultar útiles para comprender ciertos límites para la implementación de determinadas políticas e, incluso, reflexionar sobre los desafíos que tiene la transformación de la Argentina actual.

En noviembre de 1923, Alemania atravesaba una de las mayores crisis monetarias de la historia moderna. La inflación había destruido el valor del marco, evaporado ahorros y desorganizado las relaciones económicas. El dólar estadounidense, que antes de la Primera Guerra Mundial se cotizaba alrededor de 4,20 marcos, llegó a equivaler a 4,2 billones de marcos papel. Los billetes habían dejado de cumplir adecuadamente la función de conservar valor.

En ese escenario apareció Hjalmar Schacht, un banquero que desempeñaría un papel decisivo en la estabilización monetaria alemana. Schacht desarrolló un programa sobre las reformas que había impulsado el ministro de Finanzas Hans Luther a partir de las propuestas de Karl Helfferich y Rudolf Hilferding. De ese proceso surgió una nueva moneda, el Rentenmark, introducida en noviembre de 1923, cuando Schacht fue designado comisario monetario primero y presidente del Reichsbank después, puesto desde el cual dirigió la consolidación de la estabilidad de la nueva moneda mediante una política de restricción monetaria, acompañada por la disciplina fiscal ya implementada por Luther.

La reforma tenía un aspecto singular. Alemania carecía de reservas suficientes de oro para respaldar una nueva moneda, por lo que se constituyó el Deutsche Rentenbank, cuyo capital nominal de 3.200 millones de Rentenmarks se sustentó en gravámenes obligatorios sobre propiedades agrícolas, industriales y comerciales. Esta decisión, prácticamente sin antecedentes en la historia, no significaba que el Estado expropiara propiedades privadas ni que los tenedores de billetes pudieran cambiarlos por tierras o fábricas. Se trataba de una garantía patrimonial cuya capacidad efectiva de responder por la totalidad de la circulación monetaria era limitada, pero lo fundamental fue que la idea logró credibilidad y confianza.

El Rentenmark –que sería una moneda de transición– comenzó a circular el 15 de noviembre de 1923. Cada unidad equivalía a un billón de marcos papel de la época de hiperinflación. El tipo de cambio se fijó en 4,20 Rentenmarks por dólar, recuperando la paridad anterior a la Primera Guerra Mundial. Controlada la emisión y establecido el orden fiscal, en agosto de 1924 se aprobó la introducción del Reichsmark, que comenzó a circular en octubre.

El programa no consistió en sustituir billetes devaluados por otros nuevos. La reforma impuso restricciones a la emisión y al crédito, mientras el Gobierno aplicaba un severo ajuste fiscal para reducir su dependencia de la financiación monetaria. Entre las medidas se incluyeron importantes recortes del gasto público y de personal estatal.

Schacht intervino decisivamente en la aplicación de esas restricciones. En abril de 1924, ante las presiones para ampliar el crédito, se dispuso una restricción que buscaba impedir el resurgimiento de las expectativas inflacionarias. La estabilización exigía demostrar que las nuevas reglas no serían abandonadas ante las primeras dificultades.

La confianza comenzó a reconstruirse porque había razones para creer que el Gobierno no repetiría la emisión descontrolada que había destruido el marco anterior.

Sin embargo, el aspecto quizá más interesante fue la reacción de la población. Los alemanes comenzaron a aceptar una moneda que no era convertible directamente en oro y cuyo respaldo patrimonial resultaba difícil de ejecutar. El llamado milagro del Rentenmark no puede explicarse exclusivamente por aquellas garantías. La confianza comenzó a reconstruirse porque había razones para creer que el Gobierno no repetiría la emisión descontrolada que había destruido el marco anterior.

…en 1928, cuando Alemania todavía disfrutaba de relativa prosperidad, el Partido Nacionalsocialista obtuvo apenas el 2,6%…

La hiperinflación terminó, se recuperó el funcionamiento del sistema monetario y Alemania experimentó varios años de crecimiento económico. Durante la segunda mitad de la década de 1920, el país recibió importantes flujos de capital extranjero, modernizó parte de su industria y recuperó actividad comercial; sin embargo, algo no había sido reparado por completo. La estabilidad de la moneda no significaba necesariamente que quienes habían perdido sus ahorros, sus empresas o su posición económica hubieran recuperado la plena confianza en las instituciones, a lo que se sumaban la memoria de la inflación, las consecuencias de la derrota militar de la Primera Guerra Mundial, las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles y los conflictos políticos que acompañaban a la joven República de Weimar. Para quienes conocen la evolución histórica posterior, vale aclarar que en 1928, cuando Alemania todavía disfrutaba de relativa prosperidad, el Partido Nacionalsocialista obtuvo apenas el 2,6% de los votos en las elecciones parlamentarias, pero solo cuatro años después, en julio de 1932, el nazismo alcanzó el 37,3%. ¿Qué había sucedido?

La crisis internacional desencadenada en 1929 encontró a Alemania muy expuesta al financiamiento externo. La interrupción de los créditos, el retroceso del comercio mundial, las quiebras empresariales y bancarias y las políticas deflacionarias impulsadas durante el gobierno de Heinrich Brüning agravaron el deterioro económico. La producción industrial alemana cayó alrededor del 40% entre 1929 y 1932, mientras que el desempleo registrado llegó a superar los seis millones de personas.

Schacht permaneció al frente del Reichsbank durante aquellos años de recuperación económica. Pero en marzo de 1930 renunció, enfrentado con el gobierno por las condiciones del Plan Young (llamado así por el empresario estadounidense que presidió el comité internacional encargado de revisar las reparaciones de guerra). El alejamiento del banquero, que había sido una pieza fundamental en la estabilización, coincidió con el comienzo de una nueva etapa de crisis que favorecería el crecimiento del nacionalsocialismo y el ascenso de Hitler, quien fue designado canciller en enero de 1933, cuando Alemania padecía el shock externo de la Gran Depresión, con caída de precios y salarios y una crisis agravada por factores políticos internos.

…la estabilización monetaria de 1923 no había fracasado en su enfoque y propósito inmediato, pero no había conseguido revertir el profundo deterioro institucional…

Esta secuencia lleva a ensayar una primera conclusión: la estabilización monetaria de 1923 no había fracasado en su enfoque y propósito inmediato, pero no había conseguido revertir el profundo deterioro institucional de una sociedad atravesada por recuerdos de pérdidas, frustraciones y desconfianzas que la recuperación económica de los años anteriores no había logrado disipar por completo y que una nueva crisis de origen externo reavivó.

Desde luego, sería históricamente equivocado explicar el ascenso del nazismo exclusivamente por las crisis económicas. El nacionalsocialismo supo instalar la idea del “enemigo único”, canalizando el descontento mediante una propaganda que recurría al antisemitismo y a la identificación de culpables, mientras la violencia política, las decisiones de las élites y los constantes enfrentamientos debilitaban las instituciones republicanas. En otras palabras: la economía, afectada por una crisis internacional, contribuyó a crear condiciones de inestabilidad, pero no determinó por sí sola el desenlace político.

Lo verdaderamente interesante para nuestro tiempo es otra cuestión: las sociedades pueden recuperar ciertos equilibrios macroeconómicos sin haber recuperado todavía la seguridad que esos equilibrios deberían favorecer.

La experiencia Erhard

Veinticinco años después de la reforma de 1923, en la que había participado Schacht –quien posteriormente también ocuparía cargos importantes en el gobierno nazi–, Alemania afrontaría otra estabilización monetaria, esta vez en circunstancias todavía más dramáticas. Había perdido la Segunda Guerra Mundial, su territorio estaba ocupado por las potencias vencedoras y buena parte de su infraestructura y capacidad productiva había quedado destruida o gravemente dañada. Millones de personas habían sufrido desplazamientos, pérdidas materiales, las consecuencias devastadoras de la guerra y de un régimen despiadado. Las instituciones nazis habían desaparecido y las nuevas estructuras políticas y administrativas se encontraban bajo la autoridad de los vencedores, por lo cual la recuperación debía comenzar en una sociedad derrotada, empobrecida y sin soberanía plena.

La situación económica era crítica. El Reichsmark había perdido buena parte de su utilidad como medio de intercambio. El exceso de dinero acumulado durante la guerra convivía con una producción insuficiente, los precios estaban intervenidos y se aplicaba un severo racionamiento. Muchos productos desaparecían de los circuitos comerciales legales y se intercambiaban en el mercado negro. Las personas podían disponer de dinero, pero no necesariamente encontrar bienes para comprar. La confianza monetaria estaba deteriorada, aunque el problema no era idéntico al de la hiperinflación de 1923.

A diferencia del Rentenmark, la nueva moneda nació sin respaldo en oro, reservas de divisas ni garantías inmobiliarias. Su estabilidad debía sostenerse en el control de la emisión y en la confianza en el nuevo banco emisor…

El 20 de junio de 1948, las autoridades de ocupación de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia introdujeron el Deutsche Mark en sus respectivas zonas. La reforma, que fue preparada bajo dirección aliada, buscó reducir drásticamente la cantidad de dinero y restablecer su utilidad. A diferencia del Rentenmark, la nueva moneda nació sin respaldo en oro, reservas de divisas ni garantías inmobiliarias. Su estabilidad debía sostenerse en el control de la emisión y en la confianza en el nuevo banco emisor, el Bank deutscher Länder, diseñado para impedir que el Gobierno lo utilizara para financiar sus gastos. Cada habitante recibió inicialmente 40 marcos nuevos, con una entrega adicional de 20 prevista para después. La conversión de los antiguos saldos monetarios y bancarios implicó pérdidas considerables para numerosos ahorristas. En este caso, la estabilización también requirió grandes sacrificios, pero su aceptación debe entenderse en el clima social y las circunstancias extremas que atravesaba Alemania.

Erhard entendía que una moneda estable no sería suficiente mientras continuaran los controles que obstaculizaban la producción y el comercio.

En aquel escenario apareció Ludwig Erhard, que dirigía la administración económica de la zona de ocupación conjunta estadounidense y británica. Erhard entendía que una moneda estable no sería suficiente mientras continuaran los controles que obstaculizaban la producción y el comercio. Por eso impulsó la eliminación de numerosas restricciones económicas y la liberalización de precios. Su decisión tuvo una particularidad política. Aunque las autoridades alemanas habían avanzado en la preparación de las medidas, Erhard dispuso su aplicación sin esperar la aprobación definitiva de los mandos militares aliados. La reforma monetaria había sido obra de las potencias ocupantes, pero la liberalización de numerosos precios y controles económicos que la acompañó fue, en gran medida, iniciativa de Erhard. Sin embargo, la liberalización no fue indiscriminada. Se mantuvieron controles sobre determinados alimentos, materias primas, alquileres y servicios esenciales.

La reacción fue notable. Productos que hasta entonces se encontraban fuera del comercio regular comenzaron a aparecer en los negocios, mientras el nuevo dinero recuperaba su capacidad para facilitar transacciones. No desaparecieron de inmediato la escasez, las dificultades sociales ni las tensiones económicas. Sin embargo, la combinación de una moneda más confiable y la recuperación de los mecanismos de mercado ofreció incentivos para producir, vender e invertir. En los años siguientes, con la ayuda del Plan Marshall, la recuperación del comercio internacional y otras condiciones favorables, Alemania Occidental emprendió el crecimiento que sería conocido como el milagro económico alemán.

Las diferencias con 1923 son evidentes. Schacht contribuyó a estabilizar una moneda destruida por la hiperinflación en una república políticamente frágil. Erhard actuó después de una derrota militar, bajo ocupación extranjera y en una sociedad profundamente quebrada en lo anímico, cuyas instituciones debían reconstruirse. Tampoco cabe atribuir a uno u otro todos los resultados posteriores. Pero ambas experiencias permiten observar algo importante.

El éxito de un programa de estabilización requiere recuperar la confianza en la moneda mediante reglas creíbles, mientras que la confianza en el porvenir depende, además, de circunstancias propicias para la implementación de medidas rigurosas.

El éxito de un programa de estabilización requiere recuperar la confianza en la moneda mediante reglas creíbles, mientras que la confianza en el porvenir depende, además, de circunstancias propicias para la implementación de medidas rigurosas. En 1923 Alemania era una sociedad golpeada que conservaba buena parte de sus estructuras y referencias. En cambio, en 1948, la sociedad alemana estaba derrotada, ocupada, dividida y prácticamente sin esperanzas, por lo que una decisión firme que estableciera reglas a partir del orden monetario y el mercado podía generar expectativas capaces de reconstruir la confianza.

La Argentina y sus propias experiencias

Hay comparaciones que no pueden ser lineales. Pocas veces es posible comparar situaciones análogas, pero es posible entender procesos que presentan similitudes. Es obvio que la Argentina no perdió una guerra comparable con la Primera Guerra Mundial ni estuvo sometida a obligaciones como las de Alemania por el Tratado de Versalles. Tampoco atraviesa una situación institucional equiparable al derrumbe de Weimar o la caída del Tercer Reich. No obstante, la historia argentina ofrece elementos para reflexionar sobre las consecuencias sociales de las crisis monetarias y los límites políticos de los programas de estabilización.

La inflación de 1975, la hiperinflación de 1989-1990, la crisis de 2001 y el fenomenal deterioro económico que desembocó en las elecciones de 2023 constituyen experiencias distintas, pero tienen un denominador común en la pérdida de confianza en las instituciones, especialmente en la moneda, cuyo envilecimiento distorsiona el sistema de precios relativos y compromete la previsibilidad económica.

La crisis de 2001, además de sus consecuencias económicas, puso en cuestión el funcionamiento de la representación política y la protección de los derechos patrimoniales. La de 2023, caracterizada por ir camino a la hiperinflación, exhibió un grave empobrecimiento de la sociedad y reiteró la pérdida de credibilidad de los partidos tradicionales y el profundo cuestionamiento de las estructuras del poder. Pero hay un dato interesante: en ambos casos, las instituciones resistieron y la continuidad constitucional no estuvo en riesgo, lo cual no significó que la confianza pública saliera indemne.

La llegada de Javier Milei a la presidencia en diciembre de 2023 expresó, entre otras cosas, el rechazo de una parte importante de la sociedad a las prácticas y resultados de las administraciones anteriores. La palabra «casta» sintetizó políticamente una percepción de privilegios, corrupción y distanciamiento entre dirigentes y ciudadanos. El programa económico iniciado entonces situó el equilibrio fiscal, la restricción de la emisión monetaria y la reducción de la inflación entre sus objetivos centrales.

Los resultados ofrecen elementos significativos para el análisis. En septiembre de 2026, el índice de precios al consumidor registró un aumento mensual del 1,9%, una desaceleración considerable respecto de las tasas de inflación que acompañaron el final de 2023. El Sector Público Nacional acumuló durante los primeros nueve meses de 2026 un superávit primario equivalente aproximadamente al 1,2% del producto interno bruto y un superávit financiero cercano al 0,3%, según el Ministerio de Economía. Estos resultados reflejan avances en el ordenamiento macroeconómico, aunque su sostenibilidad exige considerar también la evolución de los ingresos fiscales, las obligaciones financieras y las condiciones de actividad económica.

Los indicadores sociales muestran un panorama más complejo. La pobreza alcanzó al 32,3% de las personas en los 31 aglomerados urbanos relevados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) durante el primer semestre de 2026, después de haber retrocedido considerablemente desde los máximos de 2024. No obstante, el porcentaje aumentó respecto del segundo semestre de 2025, cuando había sido del 28,2%. La desocupación, por su parte, se ubicó en el 7,9% durante el segundo trimestre de 2026, frente al 7,6% del mismo período del año anterior. El empleo asalariado registrado continuó disminuyendo, mientras crecieron el trabajo independiente y, en menor medida, el empleo asalariado informal.

La coexistencia de una inflación considerablemente menor, superávit fiscal, persistencia de la pobreza y dificultades laborales ilustra una realidad conocida, pero frecuentemente subestimada, porque la recuperación de los equilibrios macroeconómicos y la mejoría de las condiciones individuales no parecen marchar al mismo ritmo.

No existe contradicción entre reconocer que el desorden monetario perjudica a la sociedad y advertir que su eliminación no produce automáticamente prosperidad.

Tiempos y ritmos diferentes

Una política económica puede ser racional desde el punto de vista de los equilibrios fiscales y monetarios, y al mismo tiempo imponer costos de transición que las personas perciben de manera muy diferente. Para quien administra las cuentas públicas, una reducción de la inflación constituye un resultado medible. Para quien perdió capacidad de ahorro, cerró su negocio o teme por la continuidad de su empleo, la estabilidad puede ser una condición necesaria, pero todavía insuficiente. No existe contradicción entre reconocer que el desorden monetario perjudica a la sociedad y advertir que su eliminación no produce automáticamente prosperidad.

Por eso, la pregunta relevante no es solamente cuánto tarda una economía en estabilizarse, sino cuánto tarda una sociedad en percibir que esa estabilidad abre oportunidades concretas de progreso.

La economía opera mediante relaciones entre millones de decisiones individuales. La restauración de ciertos precios relativos, la reorganización de inversiones y el desplazamiento de recursos hacia actividades más productivas demandan tiempo, paciencia o tolerancia. Además, sus beneficios y costos no se distribuyen uniformemente. Una empresa puede encontrar oportunidades en un contexto de mayor estabilidad mientras otra descubre que su modelo de negocios ha dejado de ser competitivo. Un trabajador puede beneficiarse de la recuperación de su salario real y otro quedar desplazado por una reorganización productiva. Por eso, la pregunta relevante no es solamente cuánto tarda una economía en estabilizarse, sino cuánto tarda una sociedad en percibir que esa estabilidad abre oportunidades concretas de progreso. Y, más profundamente, cuánto tiempo está dispuesta a esperar.

Transición complicada

La Argentina enfrenta una circunstancia adicional que vuelve especialmente relevante esta discusión. La estabilización coincide con una transformación de su estructura productiva y con un cambio tecnológico mundial de extraordinaria velocidad. La expansión de las actividades energéticas, la minería, determinados segmentos agroindustriales y los servicios basados en el conocimiento están modificando velozmente la composición de la producción y las exportaciones argentinas. Simultáneamente, otros sectores enfrentan una competencia creciente, necesidades de modernización y dificultades para adaptarse a nuevas condiciones económicas. A ello se suma la inteligencia artificial, la automatización y la reorganización del trabajo, fenómenos que no responden exclusivamente a la política económica nacional y que pueden modificar profundamente la demanda de determinadas habilidades y ocupaciones. Esta combinación plantea un problema que excede la discusión tradicional sobre inflación y déficit fiscal. Aun cuando la economía argentina alcance una estabilidad duradera y recupere el crecimiento, no necesariamente volverá a reproducir la misma estructura de empresas, actividades y empleos que conoció en décadas anteriores. Para determinadas personas, la recuperación podría significar el retorno de oportunidades perdidas. Para otras, la necesidad de abandonar una actividad o adquirir competencias completamente nuevas. La estabilidad monetaria permite planificar, calcular e invertir con mayor previsibilidad. Pero no elimina la incertidumbre propia de un proceso de transformación económica.

…pedirle a una población que ha atravesado reiteradas crisis que vuelva a confiar en el futuro, precisamente cuando ese futuro está cambiando de manera acelerada, es un desafío monumental que difícilmente se logre sin acuerdos políticos…

En términos sociales, el desafío puede ser todavía mayor, porque pedirle a una población que ha atravesado reiteradas crisis que vuelva a confiar en el futuro, precisamente cuando ese futuro está cambiando de manera acelerada, es un desafío monumental que difícilmente se logre sin acuerdos políticos, flexibilidad y una cuota creciente de moderación.

Una pregunta abierta

Las dos experiencias alemanas y la trayectoria argentina tal vez no permitan establecer una equivalencia histórica directa ni anticipar consecuencias políticas semejantes, pero invitan a reflexionar sobre un fenómeno humano interesante que atraviesa distintas épocas, en el que puede observarse cómo los indicadores económicos y las expectativas de la sociedad evolucionan a velocidades diferentes, condicionados por las circunstancias que definen el escenario.

La hiperinflación alemana terminó en 1923. Sin embargo, las heridas económicas e institucionales persistieron y una crisis posterior contribuyó a transformar profundamente la conducta electoral. Si bien no se trató de un destino inevitable ni de una consecuencia automática de la inflación, fue la interacción de múltiples factores económicos, sociales y políticos la que derivó en un abrupto giro político hacia Hitler.

La reforma de 1948 mostró una experiencia diferente. La estabilidad monetaria fue acompañada por medidas que permitieron recuperar gradualmente la actividad económica y abrir oportunidades individuales, aunque en condiciones históricas muy distintas y con costos sociales que tampoco deben ignorarse.

En la Argentina, la continuidad democrática constituye una diferencia fundamental respecto de la fragilidad de Weimar, lo cual no elimina la necesidad de reconstruir expectativas individuales de progreso. Por eso, una de las cuestiones más importantes para evaluar la sostenibilidad de una política económica podría no ser exclusivamente cuánto disminuyó la inflación, cuánto se redujo el déficit fiscal o cuánto creció el producto. También importa cuántas personas perciben que están realizando un esfuerzo que, luego de casi tres años, tiene algún impacto en su situación personal o familiar.

¿Cuánto tiempo puede sostenerse políticamente una estabilización económica cuando la recuperación de las expectativas individuales avanza más lentamente que la mejora de los indicadores macroeconómicos?

La disciplina fiscal y la estabilidad monetaria son condiciones indispensables que probablemente gran parte de la sociedad acepta y en buena medida soporta. Sin embargo, entre la recuperación de los equilibrios macroeconómicos y la reconstrucción de las expectativas individuales existe una distancia que ninguna estadística aislada puede medir completamente. Esa distancia plantea una pregunta que la historia aconseja no subestimar: ¿Cuánto tiempo puede sostenerse políticamente una estabilización económica cuando la recuperación de las expectativas individuales avanza más lentamente que la mejora de los indicadores macroeconómicos?

La respuesta no depende solamente de la economía. Depende también de la capacidad de las instituciones para ofrecer reglas previsibles, de la aparición de oportunidades concretas y de que las personas encuentren razones para confiar en un futuro que todavía no conocen. El riesgo es que la impaciencia social y los conflictos políticos terminen malogrando los esfuerzos realizados para recuperar la estabilidad, antes de que sus beneficios puedan expandirse.

Fuentes:
Adam Fergusson: Cuando muere el dinero. El derrumbamiento de la República de Weimar.
Museo Histórico Alemán — La reforma monetaria de 1923. Para el Rentenbank, el respaldo patrimonial, la conversión monetaria y la estabilización. www.dhm.de
Deutsche Bundesbank — La reforma monetaria de 1948. Para el Deutsche Mark, su nacimiento sin respaldo en oro o divisas, los sacrificios de los ahorristas y las reformas de Erhard. www.bundesbank.de
Joachim Nagel, Deutsche Bundesbank — La reforma económica y monetaria de 1948 como fundamento de una moneda estable, 2023. Para el nuevo banco emisor y su diseño institucional. www.bundesbank.de
Parlamento Federal Alemán — Las últimas elecciones parlamentarias de Weimar. Respalda los porcentajes electorales del nazismo en 1928 y julio de 1932. Deutscher Bundestag
Instituto Nacional de Estadística y Censos — informes de precios al consumidor, pobreza e indigencia y mercado de trabajo, correspondientes a los períodos citados en el artículo. www.indec.gob.ar
Ministerio de Economía — Resultado fiscal de septiembre de 2026. Para los superávits primario y financiero acumulados.

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