Augusto “Pirincho” Cicaré (primera parte)

Una mañana privilegiada

Si la aviación fuera el pensamiento, el helicóptero sería la ideología. Podrá resultar curiosa la frase, pero trata de describir algo así como una pasión dentro de otra pasión. Muchos amamos la aviación, pero los que tuvimos el placer infinito de volar alas rotativas sentimos que ese vuelo, casi insuperable, tiene una cierta mística. Y si de mística se trata, nada resulta más gratificante que acudir a quienes han sido bendecidos con el don de crear aquello que tanto “moviliza” en uno.

Saladillo está a 180 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y es la querencia de don Augusto Cicaré, hombre extraordinario. El ambiente aeronáutico lo conoce muy pero muy bien. Aunque sus invenciones y talentos son varios, su nombre está ligado indisolublemente a los helicópteros. La experiencia de pasar un rato con este hombre tan sencillo como cautivante, gratifica. Las horas pasan como si fueran minutos y estamos en condiciones de afirmar que todo tiempo puede resultar insuficiente.

Don Augusto Cicaré nos recibe con generosidad, lo acompañan dos de sus hijos, Fernando y Alfonso (Juan Manuel, el tercero, no se encontraba). Nuestro propósito es tener un contacto directo para intentar acaso escribir algunas líneas, más como un homenaje que para agregar algo, a su ya tan bien contada historia.

Caminando por el taller

Augusto “Pirincho” Cicaré aún no sabía leer cuando, con solo cuatro años, fijó en su tierna mente una idea. Había llegado a su mano un ejemplar de “Mecánica Popular” con la foto de un artefacto suspendido en el aire y un hombre sentado sobre él, la imagen le resultó intrigante. Fue en busca de su madre y le pidió que le leyera el texto, se trataba de Igor Sikorsky en el vuelo del VS-300, allí por 1940. Luego de escuchar la lectura de su madre “Pirincho” miró de nuevo la fotografía y le dijo con toda firmeza:

–Mamá, un día yo voy a hacer uno como estos.

Su madre, doña María Anunciada Ercoli de Cicaré, lo miró con infinita ternura y le dijo:

–Aquí dice que es una máquina muy complicada hijo, tendrás que estudiar mucho… –y agregó segundos después–, pero si un ser de carne y hueso igual a vos pudo hacerlo, vos, esforzándote, también podrás.

Augusto lo cuenta emocionado y quien lo escucha por primera vez presiente que, más allá de que sea una historia relatada cientos de veces, el sentimiento impreso en ella da al lejano instante una vívida frescura. Esa madre, fuerte, compañera de cálculos raros, que –entre otras cosas– le contagió un formidable tesón, fue una columna de sostén a lo largo de tantos años en Polvareda, Provincia de Buenos Aires… No hubo una educación formal sólida, y la vida le trajo a Augusto, a los 15 años, responsabilidades que solo podían asumirse trabajando duro. La tornería de su tío le aportaría dos cosas vitales: el sustento y el enriquecimiento técnico y mental. Un tornero que soluciona problemas en diseños complejos suele ser un artesano ingenioso y preciso, condiciones indispensables que aportarían solidez a su perenne objetivo.

Precesión como símbolo

Sin prácticamente nada en qué basarse, Cicaré comenzó su tarea creativa. Con unos pesos producto de la venta de un motor, compró los materiales para su primer artefacto. Solo tenía 17 años y un empuje impresionante. Sabía que el Estado tenía helicópteros S-51 en la BOAC (Base Oficial de Aviación Civil) de José C. Paz. Fue hacia allí con el propósito de ver cómo eran esas máquinas. Llegó a la base, luego de seis horas de viaje y trasbordos, pero la guardia resultó infranqueable; no lo dejaron pasar a pesar de sus explicaciones y hasta ruegos. Pero la experiencia no lo amilanó sino que lo fortaleció.

Cicaré trabajaba toda la jornada para llevar el pan a la mesa familiar y, después de hora, inventaba. Creó motores que luego serían patentados, algunos diseños eran pasos necesarios en pos del gran proyecto aeronáutico.

Como no sabía demasiado sobre helicópteros, su idea era trabajar en base a un concepto que le rondaba la cabeza: los rotores contrarrotativos.

–Cuando me vine de José C. Paz, aquella tarde frustrada, me dije: “De alguna manera voy a hacerlo”. Yo tenía pensado hacerlo volar manejando el centro de gravedad, si bien no era lo adecuado por la vulnerabilidad a los vientos fuertes y la pérdida de control; pero bajo esa idea avancé.

Y muestra la foto del primer aparato, allí esta su madre. Ante la pregunta del cronista sobre la mujer de la imagen nos dice:

–Sí, es mi madre, ella me ayudaba con los cálculos, tenía tercer grado nomás, agarró los libros y me ayudaba con todas la cuentas, la fuerza centrífuga… yo no sé de dónde sacaba el conocimiento… era una cosa increíble.

Se hace un silencio, breve… o de un siglo, vaya uno a saber por qué la nostalgia es atemporal; pero prosigue:

–Intenté el primer modelo, pero no anduvo, el motor de 30 hp no resultaba suficiente, levantaba un poco y con el “embalalaje” que tenían las palas le daba un poquito de paso y ahí nomás se quedaba, no me daba tiempo a ver cómo respondían los controles ni nada. Ahí mismo me puse a trabajar en la construcción del motor de cuatro cilindros, un diseño igual al otro pero con unos 60 caballos de potencia y 1800 centímetros cúbicos de cilindrada; todo hecho por mí en el torno y fundiendo aluminio. Los magnetos me los habían prestado. Con ese motor levantó y el solo hecho de tener los patines en el aire era, para mí, el éxito soñado, ¡vencí la gravedad! –me dije.

Pirincho Cicaré aprendió a volar solo, no tuvo instructor. Transitó, tal vez sin saberlo, el mismo camino que Sikorsky, “soltándole la piola”, es decir, con la máquina atada para que no se retobara; debía confirmar si lo que tenía en su mente funcionaba como lo esperaba. Aquella sencilla idea de sujetar a la máquina, le daría pie, con el tiempo, para crear su extraordinario simulador.

–De esa forma comencé a practicar y así corrió la voz con la noticia por todos lados. Un día llegó a Saladillo de visita un periodista de la Presidencia de la Nación que se enteró que había un “loquito” que hacía estas cosas… Fiel a su oficio el hombre, vino a verme para matar su curiosidad y parece que le entusiasmó lo que yo hacía. Fue con la novedad al Jefe de la Casa Militar para pedirle que me dejaran entrar a la base para ver un helicóptero y así nomás me extendieron una nota para que pudiera concretar la visita.

Si bien la cita estaba concertada Pirincho no tuvo que viajar otras seis horas; cuando el jefe de la base, el comodoro Durana, se enteró de la historia del muchacho no le dio tiempo a viajar.

–Tomó un helicóptero de la base y se vino a verme a Polvareda. Nos conocimos y le expliqué que nunca había visto un helicóptero de cerca y ahora que usted viene hasta aquí quisiera ver cómo es el sistema de control. Me explicó ahí lo del “plato oscilante” y todo eso. Le conté que mi máquina estaba hecha con los materiales que había conseguido, y que gran parte era chatarra reutilizada. Le dije que ahora quería hacer otro más profesional y él me apoyó para hacer el segundo modelo que ya no era contrarrotativo, sino con rotor único –nos cuenta Cicaré.

En todo ese contexto hay una interesante experiencia que pinta su talento de cuerpo entero, en boca de don Augusto; fue así:

–El nuevo modelo tenía muchos cambios, aplico el plato oscilante y un sistema que era hidráulico, menos mal que lo hice así y que no fue mecánico, porque me pasó algo curioso. Yo había hecho aquella primera experiencia con doble rotor contrarrotativo para eliminar el rotor de cola; cuando yo movía los controles el helicóptero respondía perfectamente. Yo no tenía ningún estudio ni idea del “efecto giroscópico”. Cuando hago el rotor único, yo pongo todo a punto conforme a mi manera de pensar. El principio para la prueba era similar al del primer helicóptero, la máquina estaba sujeta, solo que en este caso lo que limitaba sus movimientos era un perno. Comienzo la experiencia y logro dominar el aparato en giros, pero cuando intento inclinarlo hacia adelante se me inclina para el costado, y si lo inclino al costado, se va para atrás y así; un descontrol total. Paro todo y le digo a mi hermano: “Vamos a sacarle la rueda a la bicicleta para hacer una prueba”. Pusimos una rueda y, al hacerla girar, veo que hace un efecto rarísimo; pongo dos ruedas juntas y vuelvo a hacerlas girar una para un lado y otra para el otro, y podía dominarlas como quería. Entonces me doy cuenta que con el contrarrotativo no solo eliminaba el torque, sino también el efecto giroscópico. Dado que el nuevo helicóptero era hidráulico –y por eso digo que menos mal porque si era mecánico no sé si hubiera desarmado todo y vuelto a armarlo– lo que hice fue correr las mangueras 90º para así lograr el control que quería.

Quien esto escribe se maravilla, ya que aprendió a duras penas lo que es la precesión por medio de un profesor, pero Augusto Cicaré descubrió el principio como todo un físico.

Así comenzó el camino de un inventor. Un inventor que confiesa que no puede estar mucho afuera de su tierra amada pero que, aunque duela profundo decirlo, si hubiera nacido en otras latitudes estaría produciendo decenas de helicópteros para el mercado.

Luis Alberto Franco

(Nota aparecida en Aeromarket, versión impresa, Nº 157 Julio-Agosto 2010

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