¡Asfixiar a la competencia!

Sobrevolando la realidad de la mano de Fréderic Bastiat • Adaptación de Luis Alberto Franco.

Muchos hombres didácticos explicaron –y explican– asuntos complejos con palabras sencillas y ejemplos cotidianos. Uno de esos baluartes del sentido común que me impactó siempre fue Frédéric Bastiat. Se podría decir que este intelectual evitó academicismos para alcanzar con sus razonamientos simples al mayor número de personas. Bastiat desarrolló ingeniosos argumentos económicos y es a él a quien parafrasearé para comprender la naturaleza del absurdo que vive la Argentina en general y la aviación comercial en particular; sobre todo, luego de la dañina decisión política de aplicar tarifas mínimas y máximas con un vetusto sistema de bandas a los servicios internos regulares de transporte aerocomercial, a las que se sumarán otros ultrajes a la libertad, que fueron publicados en el Boletín Oficial al son de los villancicos de la Nochebuena pasada.

 

A modo de introducción citaré textualmente a Bastiat (1801 y 1850), en un texto que surge de una recopilación de ensayos titulada “Lo que se ve y lo que no se ve”, para luego sumergirme en otro texto suyo adaptándolo (perdón por la osadía) a la realidad aérea argentina dado que alude directamente al problema de las tarifas o, mejor dicho, el plan gubernamental para eliminar la competencia low cost:

 

«En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos –escribe Bastiat–. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven (…)

»Toda la diferencia entre un mal y un buen economista [N. de R.: se podría decir político o sindicalista en este caso] es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

»Esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y viceversa. Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.

»Lo mismo vale para la higiene o la moral. A menudo, cuanto más agradable es el primer fruto de una costumbre, más amargos son los siguientes. Por ejemplo: la corrupción, la pereza, la dádiva [NdeR: o subsidio]. En cuanto un hombre, impresionado por el efecto que se ve, no habiendo aprendido aún a comprender los que no se ven, se abandona a sus funestas costumbres, no sólo por rutina, sino por cálculo (propio beneficio).

»Esto explica la evolución fatalmente dolorosa de la humanidad. La ignorancia la rodea al principio; así, ésta determina sus actos por sus consecuencias primeras, las únicas que, al principio, pueden verse. Sólo con el tiempo aprende a tener en cuenta las otras. Dos maestros bien diferentes le enseñan esta lección: La Experiencia y la Previsión. La experiencia enseña de manera eficaz pero brutal. Nos instruye de todos los efectos de un acto haciéndonos sufrir, y no podemos evitar, a fuerza de quemarnos, terminar sabiendo que el fuego quema. Me gustaría, todo lo posible, sustituir este rudo doctor por otro más agradable: la Previsión.»

Fréderic Bastiat

 

Expuesto el fragmento textual del pensamiento de Frédéric Bastiat a manera de introducción, pasemos a la paráfrasis o adaptación de una historia con que el autor explicó, a mediados del siglo XIX, lo que nos pasa hoy con el tema de las tarifas aéreas.

 

“Cómo suprimir la competencia y subir los precios”

por Frédéric Bastiat (adaptado de la historia original, aquí pág. 6)

 

Ésta es la historia de un grupo de políticos y sindicalistas (de aquí en más “los muchachos”) que reaccionaron ante la competencia de las aerolíneas low cost.

Las low cost podían volar a menor costo que Aerolíneas Argentinas (AR). Este hecho se reflejaba en el mercado a través del precio de venta más bajo de sus pasajes, lo cual era algo incomprensible para los muchachos.

Dadas las circunstancias, muchas personas optaban por viajar a menor precio, ya sea porque no podían pagar uno mayor o preferían gastar la diferencia en otras cosas (hoteles, atracciones turísticas, guardapolvo para los chicos o remedios). Esta situación incomprensible disgustaba enormemente a los muchachos, así que decidieron hacer algo al respecto.

Al principio, consideraron seriamente la posibilidad de suprimir personalmente esta situación indeseable argumentando que el ruido de los aviones que operaban en El Palomar dañaba el ambiente. “¡Esto les daría una lección!”, pensaron. El anzuelo se lo tragó hasta la mayoría de los ministros de la Corte Suprema. Pero los vecinos –e incluso los intendentes amigos de los muchachos– reaccionaron en contra. Más tarde vino la pandemia y aprovecharon para cerrar definitivamente el aeropuerto low cost. “¡Vamos a ver cómo salen de ésta!”, se dijeron en la oficina del senador en jefe.

Como la cosa fue muy grosera hubo que acomodar los aviones en Ezeiza y Aeroparque, “total con el encierro quién va a viajar”.  Los empleados de las low aceptaron adecuar su salario para que las empresas sobrevivieran (la mayoría son jóvenes que no ven con buenos ojos a los muchachos). Cuando la efervescencia ciudadana impidió sostener el cautiverio eterno, las low comenzaron a volar.

Aparentemente los muchachos parecieron resignarse a la libre competencia, pero no, a una de las mentes se le ocurrió una idea brillante: recordó que el Ejecutivo maneja una fábrica de decretos que la gente tiene que obedecer. Así, pues, todo lo que los muchachos necesitarían era que esta gran fábrica sacara un decreto que prohibiera vender pasajes baratos, limitara el mercado y encareciera la operación. Con esta medida se podrían vender pasajes al precio que quisiera AR.

Con tan ingenioso plan, los muchachos fueron a la gran fábrica de decretos sita en Balcarce 50 (algunos dicen Rodríguez Peña 80), donde expusieron el siguiente argumento: “Si ustedes fabrican una ley prohibiendo las tarifas libres AR volaría más y reduciría su déficit, además podrían ingresar más compañeros que cobrarían un sueldo, lo cual permitiría que más gente tuviera ingresos para gastar elevar el consumo y dinamizar la economía. Nuestros proveedores también crecerían y contratarían trabajadores. Todo este magnífico resultado se obtendría con la simple emisión de un decreto que impida los pasajes baratos. Además, estas nefastas empresas low cost están vendiendo a pérdida ya que es imposible que puedan sobrevivir sin subsidios en esta época tan difícil para el mundo. ¡Está claro que lo que buscan es quedarse con el mercado y perjudicar a la aerolínea de bandera!

Los productores de decretos estaban encantados con la lógica de los muchachos, por lo que procedieron de inmediato a publicar en el BORA el decreto solicitado, agregando la siguiente observación: “¿Por qué hablar de economizar o de trabajar intensamente? ¿Por qué ser más eficientes cuando por medio de un simple decreto podemos sostener a la aerolínea de bandera tal como está?”.

Flight Center

Ahora bien, debemos hacer cierta justicia a los argumentos de los muchachos que proponen un decreto por medio del cual se cubriría el déficit y aumentarían los empleos. Su razonamiento no es del todo falso; más que todo, es incompleto, pues, al pedir al gobierno el privilegio indicado anteriormente, con mucha astucia han hecho hincapié en ciertos resultados que “pueden verse”, ignorando por completo los efectos que a simple vista no pueden apreciarse.

Como se dijo, con precios más altos habrá gente de menores recursos que no podrá viajar, y otros que no podrán gastar la diferencia en otras actividades. Los muchachos han omitido explicar que la diferencia del pasaje más caro no vendrá del FMI o la luna, sino del bolsillo de algún ciudadano que ahora deberá pagar más que cuando todavía quedaba algo de libertad. Tampoco han explicado el impacto que tendrá la medida en inversores futuros, no sólo aquellos que traerían más aviones próximamente y emplearían a muchos pilotos, técnicos TCPs, administrativos, etcétera, sino a quienes estuvieran evaluando poner algún dinero en la Argentina, país donde la fábrica de leyes emite disparates a tiempo completo.

El resultado de la nueva ley será el siguiente: se cobrarán pasajes más caros, viajarán pocos pasajeros, en consecuencia se tributará menos, EANA dejará de cobrar tasas a los privados que las pagan, a la vez que se frenará la llegada de aviones y nuevos puestos de trabajo genuino, si es que las empresas acosadas no quiebran.

La verdad es que los argentinos serán timados y privados por el gobierno de la diferencia en el precio del pasaje y, por lo tanto, ya no podrán adquirir bienes o servicios que hubieran comprado con esa diferencia en sus bolsillos.

Un liliputiense sector de la economía nacional se habrá beneficiado a expensas de los consumidores que queden y, sobre todo, por la quiebra de las low cost.

Y probablemente lo peor de todo es que, con este tipo de leyes, se tiende a fomentar el criterio de que el robo es moral siempre que sea legal (esta frase es textual de Bastiat, no culpen al escribidor).

Hermoso futuro nos espera con ideas que hace un siglo y medio han sido desenmascaradas.

 

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1 comentario
  1. Sergio dice

    Excelente analogía en la editorial de los “Muchachos” lo único que yo hubiera empezado un poco antes cuando los mismos muchachos se juntaron para planificar como destruir hasta echar a la principal aerolínea de la competencia LATAM

Comentarios

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