La historia de Aircom

Una empresa y un aeropuerto internacional privado • Por Victoria Kern y Pablo Luciano Potenze. (Primera parte)

Sticker de Aircom y su aeropuerto, sin fecha.

Con esta nota damos inicio a una nueva sección de historia. Aeromarket recordará, a través de la pluma e investigación del arquitecto y especialista en aviación comercial Pablo L. Potenze, distintas porciones del pasado aeronáutico civil. Aerolíneas que volaron en el país, empresas de servicios aéreos, serán parte de esta navegación que reconstruye parte de un pasado glorioso de la aeronáutica civil de la Argentina.

 

Es difícil escribir una historia desapasionada de la aviación civil argentina. Sin entrar en detalles, podemos decir que en 1920 el coronel Mosconi adoptó una doctrina según la cual la aviación civil estaba supeditada a la militar y, con esa base, se construyó un sistema que, con muchos sobresaltos, funcionaría por años.

Los protagonistas de aquella aviación civil eran, fundamentalmente, los aeroclubes, entidades con pocos recursos pecuniarios, que debían recurrir permanentemente a subsidios estatales —administrados por el Ejército— para poder subsistir. En una posición inferior estuvieron las empresas de transporte que, hasta mediados de los años cuarenta, no encontraron un lugar claro en el proyecto nacional y también eran subsidiodependientes, y los talleres y constructores aeronáuticos, que lograban subsistir, también con algún tipo de apoyo estatal. Los pilotos autónomos, que eran relativamente pocos, trataban de canalizar su actividad a través de pequeñas empresas de transporte y trabajo aéreo, de muy pequeña magnitud.

Detrás de esta realidad estaba el concepto de que la aviación civil era una parte de la defensa nacional, lo que justificaba el control militar que, por otra parte, miraba a todos con cierta desconfianza, en parte porque en el sector había muchos extranjeros en posiciones claves.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la bonanza económica subsiguiente, una burguesía, local, fundamentalmente vinculada con el quehacer agropecuario, descubrió que el avión era un excelente medio de transporte particular y se decidieron a comprar sus propios aviones, una situación totalmente distinta de la de los pilotos civiles que había hasta entonces, que estaban nucleados en torno a aeroclubes que tenían una lógica colectiva basada en subsidios a una actividad “deportiva”. En las estancias empezaron a verse pistas de aterrizaje y, en muy poco tiempo, surgió un nuevo grupo en la aviación civil argentina.

Simultáneamente, también como consecuencia del fin de la guerra, se creó la Secretaría (luego Ministerio) de Aeronáutica, y el control militar creció, sustentado por la doctrina del poder aéreo, importada de Estados Unidos por los entonces comandantes Juan José Güiraldes y Juan Rawson Bustamante, que hicieron una gran obra de divulgación de la misma.

El gobierno peronista, a través de la Secretaría/Ministerio apoyó sin retaceos a la aviación civil constituida a través de los aeroclubes, pero la nueva clase de propietarios de aviones para uso personal quedó medio desdibujada dentro de la organización aeronáutica. Concretamente, necesitaba una base en Buenos Aires en la que hubiera hangares y servicios comerciales para sus aviones, pero eso no estaba contemplado en San Fernando ni en Aeroparque que, en teoría, eran los lugares a los que debían concurrir.

Una primera muestra de que había un lugar vacante fue la habilitación, por parte de Siro Comi, de un pequeño aeropuerto privado en Monte Grande, que estuvo orientado a este público a partir de los servicios que daba a los compradores de las aeronaves que comercializaba su empresa.

La historia que nos interesa comenzó en 1944, cuando un grupo de pilotos compró al Aero Club Argentino un hangar en San Fernando que fue bautizado General Güemes y poco después incorporó un taller y una escuela de pilotaje. Hacia fines de 1945 la sociedad pasó a denominarse Aerocom SRL, dirigida por Roberto Dionisio Laplace.

Roberto Dionisio Laplace (Annie Laplace).

El crecimiento natural del negocio exigió más facilidades, y se tomó la decisión de crear un aeródromo totalmente nuevo, en Don Torcuato, para lo que el 26 de agosto de 1947 se constituyó Aircom SA.

La idea de invertir en un aeródromo privado era realmente original, en un momento en el que todo podía hacerse con dinero puesto por el Estado, pero es evidente que el grupo había comprendido las limitaciones del sistema oficial para atender a un sector que se movía con una lógica distinta de la de los aeroclubes y la administración pública, que no se adecuaba al usuario privado. La innovación de Aircom fue comprender que una cosa es un aeropuerto con una pista de tierra donde se desarrollan actividades deportivas subsidiadas, y otra muy distinta una infraestructura de servicios aeronáuticos para gente que usa el avión en función de trabajo.

Las instalaciones de Don Torcuato en sus primeros tiempos fueron fundamentalmente filas paralelas de hangares para pequeñas aeronaves Foto: Julio Pluss.

 

Los años de crecimiento

El primer paso fue alquilar un terreno cercano a la entonces Ruta 8 y el río Reconquista, que en el momento inicial ni siquiera tenía energía eléctrica. Allí se demarcaron dos pistas de tierra y comenzó la construcción de hangares, que pronto albergarían a más de cien aviones y serían la gran fuente de ingresos de Aircom.

La visión de la empresa fue dar a los propietarios de aviones la base que necesitaban en Buenos Aires, con un grado de eficiencia que no tenía la administración pública.

Con recursos genuinos se pavimentaron 800 metros de la pista 16/34 y pronto estuvo claro que la actividad privada se había afincado en Don Torcuato, lo que acercó a representantes de marcas internacionales, talleres y otros servicios y las instalaciones de Aircom se convirtieron en el destino obligado de todos los aviones que venían a Buenos Aires a hacer demostraciones comerciales.

La otra necesidad del negocio era la enseñanza vuelo. La primera escuela formal fue la de Roberto Mendivil, que luego se convirtió en Timen y luego vinieron otras. Además se instalaron empresas de taxi aéreo.

Los taxis aéreos en Ryan Navion fueron un clásico de Don Torcuato. Foto: Julio Pluss.

También se construyeron instalaciones no aeronáuticas, como una pileta de natación, un bar y otras indispensables para atender a familiares y amigos de los que volaban. Para la instalación del primer teléfono (Tigre 1160) Aircom debió hacerse cargo del tendido del cable.

El crecimiento sostenido se detuvo con la crisis de los primeros años cincuenta, y volvió a partir de 1958, cuando comenzó una segunda edad de oro, porque la política de Frondizi impulsó la actividad petrolera y automotriz, que requirieron aviones privados. En 1959 hubo en Don Torcuato 46.500 movimientos contra 10.000 en 1954. El capital de Aircom también creció en ese período de dos a diez millones de pesos.

A medida en que el tráfico aumentaba, fueron llegando los servicios de tránsito aéreo, policía, ayudas a la navegación, meteorología, etcétera y Aircom tomó créditos para comprar el predio. El 8 de abril de 1961, el aeropuerto Don Torcuato tuvo categoría internacional, agregándose instalaciones de Aduana, Migraciones y Gendarmería. Los principales destinos fuera del país eran Carmelo, Montevideo y Punta del Este.

La torre de control, fotografiada en 1985.

En este momento comenzaron a aparecer síntomas de saturación de las instalaciones. No era para menos, Don Torcuato tenía la misma cantidad de movimientos que el Aeroparque. La pista tuvo balizamiento eléctrico en 1969, y en 1981 se instaló una radiobaliza NDB. El aeropuerto fue habilitado para la operación durante las veinticuatro horas (H24) en 1995.

Piper y Cessna fueron los grandes protagonistas de los primeros años de Don Torcuato. Aquí el legendario PA-11 LV-RFU. Foto: Julio Pluss.

 

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1 comentario
  1. Gerardo dice

    Hermosos recuerdos de mis épocas de alumno de la escuela de vuelo.
    Mi primer vuelo solo, convertirme luego en piloto civil.
    Lamentablemente la situación del país cambió y volar por placer se convirtió en algo que primero se hizo difícil y después imposible, pero bueno, guardo los mejores recuerdos de esa época y de Don Torcuato.

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